Asegura que «la invasión de los espacios públicos» por multinacionales y franquicias hace que se pierdan las referencias de una ciudad

– ¿No le da la sensación de que las calles principales de muchas ciudades son muy parecidas?

– Sí que es verdad. Las grandes franquicias y grupos multinacionales han invadido los espacios más significativos de las ciudades, por la capacidad de atracción que tienen. Y es verdad que en muchas avenidas de las grandes ciudades uno encuentra muchas veces el mismo tipo de negocios, y es difícil que los tradicionales sobrevivan a eso. Entre otras cosas porque los costes de los alquileres son muy elevados y hace falta mucha capacidad financiera para soportarlo.

– ¿Esto es bueno, o hace que las ciudades pierdan identidad?

– No es ni bueno ni malo, aunque es cierto que todos estamos muy vinculados a nuestra infancia e identificamos los espacios por los lugares que había en esos momentos, pero es ley de vida que las cosas evolucionen. Lo que pasa es que cuando se produce una invasión de los espacios públicos por el mismo tipo de marcas comerciales, se acaban perdiendo las referencias de una ciudad. Porque el comercio es una parte muy viva del tejido social.

– Entonces, ¿podría decirse que el pequeño comercio les da un carácter especial a las ciudades?

– Sin duda. El comercio en sí mismo es indispensable para mantener la calidad del tejido urbano. En las ciudades dispersas, con manzanas cerradas donde no hay comercio y la gente tiene que desplazarse en coche, no hay vida social. En cambio, en las ciudades compactas, con un único centro histórico donde uno encuentra todo a mano, da gusto pasear. Y hay que mantenerlo vivo.

– ¿Por qué la misma persona que se entristece cuando se cierra un negocio de toda la vida luego compra en grandes superficies?

– Eso depende de la responsabilidad de cada uno. Si quiere una tienda cercana, tendrá que hacer algo por ella. Pero también el comerciante por atraer a ese cliente.

– Por tanto, ¿nuestro comportamiento a la hora de consumir es determinante?

– Mucho. Realmente somos nosotros los que condicionamos las políticas de las empresas pequeñas, medianas o grandes. Los ciudadanos tenemos la sartén por el mango.

– Usted conoció San Sebastián hace más de cuarenta años. ¿Cómo ha cambiado el tejido urbano?

– Hay cosas que han cambiado a mejor y cosas que a peor. La ciudad ha experimentado una renovación urbana importante. Algunos desarrollos urbanísticos de la ciudad son de gran calidad. Otros no tanto, pero la ciudad ha evolucionado para bien, porque se han preservado y revitalizado los edificios históricos. También de ello depende que la gente mantenga el arraigo por el centro histórico.

– Desde entonces muchas calles han sido ocupadas por grandes marcas comerciales.

– A mí no me gusta ver este tipo de marcas en edificios que tienen un valor histórico y que tienen una estética que los hace atractivos. Ver el símbolo de una gran cadena puesta ahí no me gusta. Pero prefiero eso a que ese espacio esté cerrado y sin ninguna actividad. Lo que me importa especialmente es que el nuevo negocio preserve la estética.

– ¿Estamos ante un nuevo modelo de ciudad?

– Ahí hay un debate viejísimo sobre si las ciudades deben ser dispersas o compactas. Evidentemente, cualquier modelo de ciudad tiene sus ventajas y sus inconvenientes. En una ciudad compacta, en el centro histórico, tienes todo cerca, las comunicaciones son más sencillas y hay una ordenación más racional de los espacios, pero la vivienda es carísima. En una ciudad dispersa hay un problema de comunicaciones, porque al tener que extenderlas se encarecen. Además consume mucho más espacio, y hay que coger el coche continuamente, y eso genera problemas medioambientales. Eso sí, quienes viven allí, viven muy bien, con su parking propio e instalaciones grandes.

– ¿Usted de cuál es más partidario?

– Depende de la ciudad. Aquí, en San Sebastián, parece casi obligado un modelo de ciudad compacta, dada la orografía. Yo, además, vivo en el centro de Madrid, rodeado de buenas comunicaciones, y puedo ir a mi trabajo andando. Desde luego, soy partidario de una ciudad compacta. Para mí son todo ventajas. Entiendo que haya gente que prefiera el modelo de ciudad dispersa, que se ha elegido en muchas ciudades de España. Pero ha habido muchas urbanizaciones inconclusas que han terminado por convertirse en espacios fantasmagóricos.

– ¿Cuál es el mejor modelo desde un punto de vista urbanístico?

– Una ciudad tiene que asegurar que su centro histórico esté en condiciones. Tiene que impulsar los valores históricos y culturales que lo hacen atractivo , y tiene que asegurar que quienes viven ahí dispongan de buenas dotaciones, como pueden ser los parques o polideportivos.

– ¿Con qué tipo de comercio?

– En una ciudad que preserve su centro histórico, con calles estrechas y viviendas de poca altura, los comercios no pueden ser muy grandes. Ahí tiene cabida un comercio especializado y de proximidad, pequeño comercio. Esto es posible, pero hace falta que las administraciones públicas se comprometan a garantizar que el centro histórico se preserve, o al menos que se mejoren sus virtudes para que la gente vaya allí.

– Tengo entendido que las disposiciones europeas garantizan la libertad de establecimiento. ¿Las administraciones locales pueden regular esto de algún modo?

– Por supuesto. La directiva europea lo que exige a los estados miembros es que eliminen todas aquellas trabas, controles tradicionales en modo de licencia, que carecen de sentido. Pero eso no significa eliminar todas las regulaciones que están basadas en principios que persiguen otros objetivos, como proteger el urbanismo, la organización del territorio o el patrimonio histórico. Esto justifica que las administraciones como los ayuntamientos sigan utilizando sistemas de control.

– ¿Deberían ayudar al pequeño comerciante?

– Basándose en el principio de proporcionalidad, tendrían que facilitar la implantación de nuevos pequeños negocios como panaderías o librerías. Si quieren ayudarles, deberían reducirles también la carga impositiva. Otra cosa es que se quiera implantar una actividad que tenga un impacto importante. En ese caso sí que está justificado que los ayuntamientos ejerzan un control.

– Uno de los proyectos de Donostia es ampliar uno de sus centros comerciales más grandes.

– Los equipamientos comerciales de un cierto tamaño entrañan consecuencias en la vida de la ciudad. Hay que analizar minuciosamente que su implantación o ampliación no vaya a tener un impacto negativo.

– ¿Cómo convive un centro comercial periférico en un modelo de ciudad compacta?

– Bueno. Convivir, conviven. Por lo que he leído, creo que después de muchos años desde que se implantó el primero centro comercial en la periferia de una ciudad en España, cada tipo de comercio ha encontrado más o menos su lugar. Yo creo que puede convivir, siempre que satisfaga necesidades distintas a las de los comercios de proximidad.

– ¿Cómo se puede dar vida a los barrios que se han ido degradando?

– Este tipo de barrios en los que las fachadas se han ido degradando y los comercios devaluando, necesitan una renovación. Una responsabilidad que tienen los poderes públicos es el de impulsar instrumentos que lo permitan. Planes de reforma que permitan la mejora, que atraerá nuevos comercios. Cuantos más comercios de proximidad haya, más vida tendrán el barrio.

Fuente: Diario Vasco