Anne Marie-Noëlle Tournoux, jefa de proyectos para Europa y América del Norte de la Unesco, aborda el impacto del turismo en el patrimonio y comenta iniciativas en marcha para ayudar a mantener los usos de ciudades históricas.

Anne Marie-Noëlle Tournoux es jefa de proyectos en la Unidad de Europa y América del Norte Centro de la Unesco. Recientemente pasó por Compostela para participar en el VI Encuentro Ibérico de Gestores de Patrimonio Mundial. Sentada en las escaleras de la plaza de Platerías, a los pies del santuario del Apóstol, charla con ABC bajo un sol de comienzos de primavera admirada por una ciudad, meta del Camino de Santiago, que todavía no conocía.

—Nunca hubo tantas posibilidades de viajar como en estos momentos. ¿Qué impacto tiene en el patrimonio?

—No es la primera vez en la Historia que viajamos tanto. El hombre lo ha hecho siempre y muy lejos con intercambios de todo tipo. Es fascinante verlo a través de la arqueología. La diferencia en la actualidad es la velocidad de los viajes y su extensión a diferentes grupos. Santiago es un ejemplo perfecto. En Europa, el turismo y la idea de patrimonio nacieron casi al mismo tiempo, en el siglo XVII. El patrimonio inicialmente era visto como un bien público. La cuestión es si hoy lo seguimos viendo igual o si la cultura en general se está convirtiendo en mercancía. Ha habido grandes debates al respecto y la Unesco aprobó en 2005 una convención al respecto. Ya en 2003 hubo cambios con la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que carecía de marco jurídico. El turismo está también entre los asuntos que debe gestionar un territorio.

—En Santiago está abierto el debate sobre los usos de su casco viejo.

—Santiago tiene una función tradicional de ser una ciudad meta de una peregrinación. Pero Santiago no está aislado. Tiene un entorno, una Universidad… Santiago no es solo peregrinos y turismo. Tienes tiendas de souvenirs, pero debe tener también panaderías o mercados donde se mantenga la vida local de productores de la zona.

—¿Cómo pueden las administraciones públicas ayudar a ese equilibrio?

 —Esa una cuestión de ámbito mundial. Hay zonas donde las administraciones no pueden controlar ni siquiera el tipo de comercio que se abre. En otras, las autoridades locales lo pueden planificar. Otra herramienta son los incentivos. En muchos lugares, los bajos tienen un valor altísimo para tiendas turísticas, pero los pisos superiores no y suelen estar vacíos. Y eso para la conservación no es nada positivo. En Bruselas, por ejemplo, hay una iniciativa para tratar de reabrirlos negociando con los propietarios. En otros lugares, si el municipio tiene suficiente dinero, incluso se compran espacios y seleccionan comercios, inquilinos… Es muy difícil porque la inversión es a veces muy elevada para la capacidad financiera de la ciudad y por la presión de quienes quieren tener una cadena de hotel. Los cascos viejos no pueden sobrevivir si solo tienen una función, si su única actividad es el turismo u otra industria. No es sostenible y la ciudad se muere. En Barcelona, ya están tratando de reducir su impacto. Es una tendencia mundial. Los alcaldes lo abordan porque ven que se está convirtiendo en cierto peligro. No se trata de decir «no» al turismo, sino de enfocarlo y rechazar aquel que no tiene beneficios reales para la comunidad local.

Fuente: ABC