El pequeño empresario pide renovación y subvenciones para sobrevivir al avance de las grandes cadenas

La subida de los alquileres y el desinterés de los herederos del negocio complican su supervivencia

Evolución y ayuda pública. El comercio tradicional parece tener clara la doble receta que le puede ayudar a salir de la crisis y que sirve igualmente para los negocios homólogos del sector de la restauración. Los afectados creen que la complicidad de la administración pública -en forma de subvenciones, promoción o bonificaciones fiscales- sólo sirve de complemento, de salvavidas momentáneo; la clave es que el empresario se adapte a los nuevos hábitos de consumo y sepa renovarse.

Las dificultades para competir con franquicias grandes superficies son cada vez mayores, a lo que se añade la subida del precio de alquiler de los locales y el desinterés de las nuevas generaciones por continuar con el negocio familiar. El cierre esta semana del Bar Cristal y su futura ocupación por una tienda de Orange es un paso más en esta dirección: el de la homogeneización de la fisonomía de las ciudades.

Así lo cree el presidente de la Federación de la Pequeña y Mediana Empresa de Mallorca (PIMEM), Jordi Mora, quien no duda de que «Palma, Bilbao, París y Londres acabarán siendo iguales». Y en paralelo a esa homogeneización de las ciudades, señala, discurre la de la experiencia turística, paradójicamente cuando el visitante lo que busca «es ver algo diferente de lo que tiene en casa».

«Estamos perdiendo identidad, cultura y personalidad propias». Pese a que el Ayuntamiento de Palma trabaja en un plan de revitalización del establecimiento comercial tradicional con subvenciones y bonificaciones en el IBI, Mora opina que por lo general «hay una falta de ayudas a los establecimientos emblemáticos», y que cuando esas ayudas llegan, «son insignificantes». A su entender, «los políticos están mostrando buena voluntad pero se tiene que poner el dinero encima de la mesa».

Bernat Coll, presidente de la patronal del pequeño comercol, PIMECO, va más allá al señalar que «las políticas desarrolladas, desde hace varias legislaturas, han ido siempre en contra del pequeño comercio». Comparte con su homólogo en PIMEM que el relevo empresarial que se está dando en los núcleos urbanos «ya lleva tiempo sucediendo en las barriadas» y que «es malo para el comercio y para el turismo». Coll destaca el ejemplo de algunos municipios que sí han sabido implementar un modelo de protección y fomento de sus establecimientos como Santanyí, Artà y Alcúdia. «Han sabido renovar su oferta comercial con establecimientos propios. Algo que siempre se ha hecho en Sóller y Valldemossa». Coll también es partidario de una renovación que debe surgir de una diversificación de miras del propio empresario. Lo que tiene claro es que «el empresario que no se adapte a su cliente acabará cerrando». Por otra parte, destaca la «mayor sensibilización» de los ayuntamientos y confía en que el Plan Director Sectorial de Equipamientos Comerciales en el que trabaja el Govern sirva para «poner orden y dar un equilibrio entre grandes y pequeños comercios».

Al igual que Palma con el Cristal, el Bar Lírico o el Forn des Teatre, Inca también se ha despedido de algunos de sus negocios con más solera en los últimos años: el forn Can Guixe o el más reciente de la tienda George’s y toda su fábrica de calzado, por ejemplo. Pep Nicolau, presidente de la asociación de comerciantes local, ve en la inversión pública y privada la clave de la supervivencia. Los años de la crisis se han llevado casi a un tercio de sus asociados (en la actualidad unos 200 comercios) e iniciativas como la recuperación de la Nit de Comerç este año -llevaba varios años desaparecida- son vitales para mantener el sector a flote.

Nicolau es partidario de una evolución que implica «flexibilizarse», por ejemplo «cambiando los horarios, planteándose abrir los domingos…». Unos cambios que, inevitablemente, «el empresario más joven va a asimilar mucho mejor».

Jaume Tortella, regidor de Comercio de Inca, destaca el interés municipal porconservar y promocionar sus tradicionales cellers, antiguas bodegas reconvertidas en restaurantes (cerca de media docena sigue con vida) que se publicitan en sus recorridos turísticos como puntos emblemáticos, seña de identidad del municipio. Tortella cita el caso de Can Joan de s’Aigo, en Palma, como ejemplo de «adaptación y reinvención de uno mismo» y señala que el consistorio tiene previsto adherirse al plan de ayudas que el Consell de Mallorca prepara para embellecimiento de pequeños comercios.

Isaac Serra, responsable de PIMEM en Manacor, también es partidario de iniciativas en clave local como la de la campaña promocional Manacoritza’t, en un municipio que tampoco es ajeno a la progresiva sustitución de locales emblemáticos por firmas foráneas. Ni siquiera un sector bandera como el del mueble se ha salvado de la quema. «Al llegar a Manacor te encontrabas con la tienda de s’Olivar [local que ofertaba todo tipo de productos de madera de olivo]. Hoy hay una tienda de Audi».

Fuente: El Mundo