Ante la imparable proliferación de franquicias a su alrededor, el histórico espacio urbano conserva su solera comercial.

Hoy representa una mirada única al pasado, pero en su día fue una joya de la arquitectura pública neoclásica.

Estamos en el año 2017 después de Jesucristo. Todo el centro de Valencia está ocupado por las franquicias… ¿Todo? ¡No! Una plaza poblada por irreductibles comercios tradicionales resiste todavía y siempre al invasor. Disculpen el guiño a Astérix, pero el legendario comienzo redactado por Goscinny se adapta como anillo al dedo al tema de la semana.

Acceder a la plaza Redonda tras un paseo en el centro de Valencia -especialmente tras recorrer la calle San Vicente-, es poco menos que encontrarse ante un verdadero reducto histórico, simbólicamente introducido por la legendaria Tienda de las Ollas en la calle Derechos. Es cierto que en la propia plaza unas pocas tiendas hacen bueno el dicho de «hecha la ley hecha la trampa», pues logran esquivar una normativa laxa que, teóricamente, impide la venta de ‘souvenirs’. Pero otras, las más, auguran un valioso porvenir a determinadas señas de identidad valencianas.

En este sentido, este particular espacio urbano no admite comparación. Poder adquirir productos verdaderamente autóctonos en el corazón de una capital europea -en este caso puntillas, mercería, encajes o alfarería artesanal- ha de ser un orgullo para sus conciudadanos. De hecho, según nos cuentan los propios vendedores, no son pocos turistas, también extranjeros, los que prefieren llevarse un peinador de valenciana o una mantilla fallera antes que las manidas tazas o camisetas fabricadas vaya usted a saber dónde. La sucesivamente denominada plaza Nueva o Circular, de la Regencia, del Clot o del Cid, y por fin plaza Redonda, es un espacio único que oferta objetos tradicionales sin desatender el inexorable devenir de los tiempos: esos turistas internacionales, una vez retornados a sus respectivos lugares de origen, realizan nuevos pedidos a través de las redes sociales, incluso mediante el servicio ‘on line’ que ofrecen algunas de las ‘paradetes’ de la plaza. Renovarse o morir. Morir, como tantísimos otros comercios históricos del centro que han sucumbido al lado salvaje de la globalización. Renovarse, como a lo largo de 180 años ha hecho esta joya urbana casi secreta para muchos visitantes. La ulterior transformación, generadora de gran revuelo e inaugurada en julio de 2012, no parece que haya hecho mella en este reducto de valencianía, cuya primigenia historia se remonta al invierno de 1837, cuando la ciudad daba sus primeros pasos hacia la modernidad.

Ya saben que durante 1836 y 1837 se produjo la desamortización de Mendizábal. En consecuencia, los bienes del clero regular fueron expropiados con la intención de sanear la hacienda pública. La transparencia de muchas de esas gestiones fue deplorable, pero esa es otra historia. La medida supuso un inimaginable impacto urbano en todas las ciudades españolas. Valencia no fue una excepción. Las autoridades municipales se sumergieron en la apremiante tarea de renovar la ciudad, tanto por la inquietante nueva coyuntura -con enormes edificios y terrenos urbanos abandonados forzosamente-, como por el particular estado insalubre del centro de Valencia, denunciado por diversos eruditos desde tiempo atrás. En este contexto nacería la plaza Redonda.

El espacio que ocupa en la actualidad la plaza Redonda era el lugar donde se hallaba el matadero y la pescadería, desde la época de dominio musulmán hasta principios del siglo XIX. Se trataba de una manzana irregular con diversas construcciones necesarias para el desarrollo de las dos citadas actividades. Ya en 1806 se trasladó el matadero a la actual calle Guillem de Castro. Para el desplazamiento definitivo de la pescadería a otro lugar hubo que esperar más allá de la desamortización. De ahí que el proceso constructivo se dilatara. No tanto el de la plaza como el de las más de 30 edificaciones que la circunscriben y enfatizan su plano, que todavía se levantaban en 1846. Volvamos al impulso inicial.

En febrero de 1837 el Ayuntamiento derribaba el abandonado matadero y en el verano de aquel año, Salvador Escrig, el arquitecto municipal, presentaba un proyecto para el nuevo espacio resultante del conjunto de demoliciones. Con notables modificaciones -como la mayor dotación de equilibrio estético en la fachada o la cubrición con bóvedas de las cuatro entradas al nuevo espacio-, la plaza comenzaba su andadura. Madoz, en 1849, la describía como variopinto centro comercial con ocho árboles que reproducían la forma circular en su interior y un farol en el centro. En 1850 disponía de su fuente central de aguas potables, con ocho grifos. La noticia advierte sobre la nueva canalización urbana de aguas, así como del interés por reforzar el equilibrio estético de la plaza con todos los detalles: ocho árboles creaban un anillo concéntrico, reforzando su sentido la fuente en el centro con sus correspondientes ocho grifos.

Sus 37 metros de diámetro, unas modestas medidas bajo un prisma actual, pueden llevar a confusión al transeúnte, quien no percibe que se halla ante un notabilísimo proyecto de la Diputación, ambicioso en fondo y en forma. En fondo, porque desde su origen se orientó el espacio como centro comercial y alquiler de viviendas. En forma porque aquella plaza se convirtió en vanguardia de la concepción urbanística neoclásica en Valencia. Su novedad y su privilegiada posición entre la catedral y la plaza del Mercado impulsaron una floreciente actividad en los bajos de su interior, donde convivían el mercado y la diversión. Podían comprarse víveres, especialmente volatería, ropa de casa o alfarería (como en la actualidad) y, justo al lado, disfrutar de una horchata o un chocolate.

En 1916 se produjo una de las transformaciones más relevantes. El Mercado Central se hallaba en plena construcción y urgía reubicar los comercios que lo componían en lugares próximos: la sección de pescadería se ‘mudaba’ a la plaza Redonda, a la sazón, del Cid. Para el normal desarrollo laboral resultaron imprescindibles unas humildes paradas que en su conjunto formaban un anillo concéntrico. Muchas no eran más que simples carritos de tracción manual, pero requerían la erección de un tinglado para no estar a la intemperie. Una cuestión de vital importancia que modificaría la impresión visual tan armoniosa pretendida por Escrig. La funcionalidad imperó sobre la estética. Finalizadas las obras del Mercado Central, se optó por mantener el tinglado de la plaza del Cid para facilitar la venta ambulante, que contaría con permisos especiales las jornadas dominicales y algunas fiestas señaladas. Fue entonces cuando aquel espacio concebido inicialmente como referente urbano de modernidad se empezó a convertir en el lugar folclórico que casi todos solemos tener en mente. Diversas generaciones de valencianos, en contextos muy dispares, hemos acudido a ese mercadillo dominical en el que podías comprar cachorros y cacharros. También aves, si no eras estafado por otro tipo de pájaro.

Y así llegó la enésima polémica en 1977, al ubicar bajo ese anillo central algunas casetas fijas de madera. Ornamentadas con cerámica, se destinaban para los comercios dedicados a la confección hasta entonces obligados a llevar manualmente sus carretones a los bajos adyacentes donde guardar el género cada final de jornada. Más actual es la reforma de 2012, que tras acalorar los ánimos de valedores y detractores, es del agrado de los verdaderos protagonistas de este reportaje: comerciantes que llevan, en algunos casos, más de cuatro generaciones ofreciendo unos productos que resisten modas e invasiones de franquicias y multinacionales. Y lo mejor, el final aún está por escribir. Los indicios apuntan a que la plaza Redonda como reducto de comercio autóctono presenta una vida prometedora. El mayor flujo de turistas, el mantenimiento de los clientes tradicionales y la incorporación de los hijos de estos como nuevos consumidores, así lo indican. A día de hoy, estos «rebeldes ante el invasor» solo se muestran preocupados por la peatonalización de la zona. No están en contra de ella, pero sí reclaman soluciones por parte del transporte público para los más mayores, los clientes de toda la vida.

Los romanos nunca pudieron con Astérix y los suyos. Pero precisamente un romano, uno de verdad, el gran retórico Cicerón, quien por cierto vivió en el período que reproducía el cómic, legó para la posteridad una sensacional sentencia. Dos milenios después, es vigente y aplicable, o casi, a todos los comercios históricos del centro de Valencia: «No hay fortaleza tan bien defendida que no pueda conquistarse con dinero». De momento, la plaza Redonda es inexpugnable.

Fuente: Las Provincias