Se trata de un proceso de desintoxicación (del movimiento Détox) como respuesta a tantos años de un consumismo desaforado. A esa clase de consumismo basado en el viejo modelo capitalista de «tanto tienes, tanto vales» que ha conformado la vida, el trabajo, las relaciones personales y el éxito social de varias generaciones.

Pero las cosas están cambiando a una velocidad vertiginosa. Tanto es así que ha pillado desprevenidas a muchas empresas de los más diversos sectores (moda, automoción, bebidas, etc.), que no entienden cómo se ha producido esta metamorfosis en el consumidor de un día para otro.

Pero al comprador de hoy cada vez le estimula menos consumir y tirar. De hecho, comienza a desechar determinadas marcas por su oferta de productos con obsolescencia programada o su descarado marketing de renovación permanente para fomentar una dinámica de cambio completamente injustificada.

La crisis económica que hemos sufrido de forma tan aguda ha tenido mucho que ver en esto. Subidos como estábamos en el consumismo sin fronteras, el golpetazo que lo detuvo todo tuvo una consecuencia demoledora: el final de la gran falacia, esa que nos había convencido de que posesión y felicidad iban siempre de la mano.

Todo esto está creando situaciones realmente paradójicas. Una de ellas es, por ejemplo, que revistas como Cubadebate, proveniente de un país al que siempre se ha menospreciado por su ínfimo nivel de consumo, se convierta ahora en uno de los ideólogos del nuevo movimiento Détox de las naciones más desarrolladas. Por eso no es de extrañar que en sus páginas podamos leer opiniones como esta, proveniente de alguien tan respetado como Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde Diplomatique:

«La sociedad de consumo, en todos sus aspectos, ha dejado de seducir. Intuitivamente sabemos ahora que ese modelo, asociado al capitalismo depredador, es sinónimo de despilfarro irresponsable. Los objetos innecesarios nos asfixian. Y asfixian al planeta. Algo que la Tierra ya no puede consentir».

Ya nadie quiere consumir como antes ni, mucho menos, acumular desechos. Ni las personas ni los países. Prueba de ello, por ejemplo, es que el hasta ahora mayor comprador mundial de residuos sólidos, la cada vez más poderosa China, acaba de anunciar que ya no aceptará más basura en su territorio. Una decisión que va a obligar a revisar el comportamiento consumista de grandes naciones como EEUU que, por cierto, depositaba en China un tercio de todos sus despojos.

Fuente: Yorokobu