La ciudad ha introducido en diez barrios el llamado Recurs Econòmic Ciutadà, un nuevo método de pago vía app

De nombre REC (Recurs Econòmic Ciutadà), tiene equivalencia al euro para cada unidad y formato digital, de modo que sus usuarios cobran y pagan vía app. Barcelona, a través de su Ayuntamiento y bajo el auspicio del programa B-Mincome, financiado por la Unión Europea, ha impulsado en diez barrios del Besòs una nueva moneda local. Con un millón y medio de euros puesto en circulación de inicio, el objetivo principal, como en otras ciudades como Bristol, Lisboa o Santa Coloma de Gramanet, es tratar de contribuir a la supervivencia del pequeño comercio periférico donde el cierre de tiendas ha sido constante en los últimos veinte años.

Existen muchos ejemplos de monedas locales en distintas ciudades y regiones de todo el mundo. Muchas siguen aún vigentes en la actualidad. Quizás sea esta diversidad de resultados lo que divida la opinión de economistas, politólogos, activistas y ciudadanos de todo el mundo, lo que alimente la disparidad de visiones acerca de sus potencialidades y sus limitaciones. Estas son sus luces y sobras:

1. Dinamización de la economía local. Las monedas locales cumplen una función de impulso del consumo y la producción local. Cuando la inversión pública se realiza con ella pueden disminuir las compras a otras ciudades o regiones y contribuir a reducir un hipotético saldo comercial negativo. Al proteccionismo geográfico que ejerce el uso de la moneda local se le une el que hay respecto a grandes superficies y marcas globales o al papel exponencialmente dominante del comercio digital. La retención, fidelización y/o ampliación del consumidor local puede contribuir a un aumento de la demanda interna y generar impactos positivos.

2. Moneda antiespeculativa para el intercambio. Cortando de raíz la posibilidad de acumulación especulativa, las monedas locales tratan de recuperar el sentido original del dinero como mecanismo de intercambio y forma de valorar el precio de los bienes. Históricamente surgen en oposición al uso corriente de la moneda principal, a menudo demasiado escorada hacia finalidades puramente especulativas, responden a la necesidad de aportar la siempre necesaria liquidez y ineludible en periodos de crisis financieras. Actúan por lo tanto, como una forma de protección y resiliencia ante crisis globales, contribuyendo al empoderamiento económico de pequeñas y medianas empresas y/o personas en situaciones de máxima carencia de recursos financieros.

3. Capital social. Impulsan el intercambio en un área delimitada. Pueden ser un buen instrumento para favorecer la cohesión social impresicindible para dinamizar una economía ciudadana.

4. Sostenibilidad. En la medida que las monedas sociales fomentan el consumo y la producción local pueden evitar desplazamientos, tanto urbanos como interurbanos, contribuyendo positivamente a la reducción de emisiones de dióxido de carbono. No son pocos los proyectos de monedas locales vinculados al cuestionamiento de un modelo de crecimiento ambientalmente insostenible que promueven nuevos comportamientos ambientales.

Para un mayor desarrollo de sus aspectos positivos puede ser útil consultar el Instituto de la Moneda Social o la Social Trade Organisation.

5. Postureo. El número limitado de usuarios y la vinculación a la moneda de uso corriente la convierte en una moneda aparentemente alternativa, cuando en realidad está sujeta a los mismos efectos monetarios que su valor equivalente. Suelen tener ciertas resistencias iniciales, a menudo por desconocimiento, o bien porque se suelen proyectarse entre discursos anticapitalistas, entre sectores de activismo social y espacios alternativos. En realidad, se trata de sistemas de intercambio, más o menos incipientes, que tarde o temprano, quedan igualmente sujetos al control fiscal y al pago de impuestos -que a su vez se liquidaran mediante la moneda oficial y de uso corriente.

6. Mercado local cerrado / local-centrismo. Para que una moneda complementaria sea sostenible no es tan imprescindible el número de usuarios como el de bienes y servicios que hay para intercambiar. Sin embargo, al tratarse de una moneda únicamente local tiene lógicamente una área de utilización muy limitada (aunque exista un mecanismo internacional de intercambio). El énfasis en la producción localista suele obviar la función exportadora de la producción de proximidad y su papel en el desarrollo de la economía local, sin considerar suficientemente los perjuicios que pudiera ocasionar a los propios locales la adopción de monedas locales en otras ciudades que quisieran limitar su balance importador.

7. Inflacionismo. El mercado limitado, el pago de subvenciones mediante la moneda local, puede convertir a sus usuarios en clientes cautivos en un mercado cerrado y “dirigido” desde las instituciones oficiales. Igualmente, aún con el objetivo de promover el comercio de proximidad puede provocarse un efecto indeseado si los comercios aumentan el precio de sus productos, perjudicando finalmente a aquellos compradores con presupuesto más modesto, generando estímulos para el uso de la moneda local solo entre segmentos de la población con mayor poder adquisitivo.

Las consideraciones a la moneda local no son muy distintas de las que puedan hacerse a las monedas estatales. En ambos casos necesitan contar con la plena confianza por parte de sus usuarios, para lo que es imprescindible el respaldo y reconocimiento de instituciones oficiales.

Las monedas locales ofrecen la oportunidad de abrir el debate acerca de como los ciudadanos pueden incidir mediante su consumo en el paisaje urbano

Desde la perspectiva de una economía globalizada en ambos casos su efectividad se limita a un marco pequeño, entre los estrechos límites de lo local en un caso y de lo estatal en el otro. Puesto que el dinero tiene vocación de universalidad, funciona mejor cuanto más amplio es el mercado, cuanto más usuarios y más bienes tenga en circulación. Las restricciones que impone la moneda local pueden enviar un mensaje confuso de endogamia localista. En realidad ello tampoco sería nada nuevo si atendemos al papel clave del proteccionismo en el crecimiento de las potencias occidentales que les ha permitido copar posiciones dominantes en los mercados, desde las cuáles pueden exigir ahora la apertura de mercados, como bien explica Ha-Joon Chang en Retirar la escalera.

En cualquier caso, que el mercado deba ser libre no implica que deba haber ausencia de intervención institucional. La superación de la dicotomía global-abierto/local-cerrado debe pasar por enmarcar la implementación de las monedas locales en el ámbito de lo glocal. No se trata de fomentar un mercado cerrado a lo de fuera sino más bien de impulsar una política pública dedicada a igualar las condiciones de competencia entre lo local y lo global, entre marcas globales y marcas locales, con el objetivo de suavizar la prepotencia de las segundas frente a las primeras en vistas a conseguir un mercado realmente libre.

Desde la perspectiva de la gestión pública, por lo tanto, las monedas locales deben considerarse un instrumento más al servicio del desarrollo. Su valoración debe atenerse a resultados más allá de posicionamientos ideológicos previos: volumen de ventas, de capital social, de producción local y de aquellos indicadores clave para los cuales se planteó su necesidad. La implementación de monedas locales puede ser útil también para dinamizar estrategias de colaboración público-privada, entre redes de comerciantes, mercados públicos, asociaciones de consumidores, activistas medioambientales, etc… de acuerdo a un modelo de gestión pública cooperativa y colaborativa orientada a crear condiciones competitivas de igualdad, firme ante la presión de grandes marcas y sectores económicos dominantes, sin por ello tender hacia un sobreproteccionismo paternalista del comercio de proximidad que termine por condenarlo definitivamente a su extinción.

De seguir este camino, es fácil prever como la moneda local pasará a ser ultralocal, solo apta para quien busque salvarse del mundo

Finalmente, quizás una de los aspectos más positivos de las monedas locales, es la oportunidad que ofrecen para abrir el debate acerca de como los ciudadanos pueden incidir mediante su consumo en el paisaje urbano; respecto a los instrumentos de que deberíamos dotarnos para avanzar hacia una economía ciudadana, creada, gestionada y orientada en sus efectos hacia ella; respecto a la necesidad de tomar conciencia de la función del dinero, del sentido de la economía y de lo urgente y necesario que es democratizar la economía glocal. Ello empieza por no idealizar las monedas locales, por no dejarse llevar por un discurso de monedas buenas y malas, donde la nueva moneda local será de por sí cooperativa y colaborativa, fomentará la cohesión, trabajará para mejorar la vida colectiva, mientras la oficial, la mala, fomenta la acumulación, la competitividad, la rivalidad o un individualismo egoísta.

De seguir este camino, es fácil prever como la moneda local pasará a ser ultralocal, solo apta para quien busque salvarse del mundo, olvidándose que detrás del mercado, de las empresas y los bancos y las marcas, estamos nosotros. Construir un pedacito de mercado ideal no convierte en ideal el mercado. En conclusión, más allá de postureos, las monedas locales adquieren sentido inmersas en el marco de un proyecto glocal destinado a crear mejores condiciones sociales, políticas y económicas que permitan acercarnos a un mercado, simplemente, más libre.

Roger Sunyer. Politólogo, Máster en Gestión Pública (ESADE), autor de Hacía una economía ciudadana y Profesor Colaborador del Máster universitario de Ciudad y urbanismo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Fuente: El País