En el supermercado somos ahora nosotros mismos, con nuestra carne y nuestro hueso, los que pesamos nuestra compra y nos la cobramos. Eso sí, no nos sale más barato: algo falla.

Cuando imaginé a los robots llegando al supermercado imaginé que serían como C3P0 de Star Wars, un androide dorado y parlanchín pasando mi pizza congelada y mi litrona de cerveza, peeep, peeep, por el sensor rojizo de la caja. El futuro ya está aquí y los robots también, pero no son robots humanoides ni peliculeros, son máquinas normales, meras máquinas por donde pasar el código de barras y la tarjeta de débito, que van sustituyendo a las personas. Es que es dificilísimo hacer un androide que camine, por ejemplo, porque el cuerpo humano es una máquina pluscuamperfecta y ese sencillo caminar es irreproducible tecnológicamente.

Han llegado los robots al barrio, esas máquinas normales y corrientes, ha llegado la automatización que llega y llegará a todas partes. Los más optimistas dicen que no hay problema: siempre hará falta gente que diseñe, que programe, que repare a los robots, siempre habrá trabajo (entonces, ¿para qué queremos robots?). Pero igual vamos a una sociedad postrabajo donde solo currarán las máquinas y los demás, en vez de vivir ociosamente, libres de la maldición laboral, viviremos en la pobreza porque los chismes solo sirven a sus amos y no se reparte el beneficio tecnológico.

En el supermercado somos ahora nosotros mismos, con nuestra carne y nuestro hueso, los que pesamos nuestra compra y nos la cobramos. Como hacemos nosotros el trabajo hacen falta menos trabajadores. Eso sí, no nos sale más barato: algo falla. Lo más inquietante es esa cajera que tienen ahí enseñando al cliente cómo usar la máquina por la que pronto será sustituida.

Fuente: El País