No todo los comercios se suman a la compaña de descuentos del último viernes de noviembre. Algunos consideran que fomentan un modelo de consumo exagerado y prefieren mantenerse al margen de «una moda creada por las grandes marcas»

 

Noviembre es desde hace unos años un mes de compras contenidas. Pese a que la Navidad está a la vuelta de la esquina y asoma ya en más de un escaparate, pese a que en las tiendas se ve mucha gente, muy pocos pasan por caja. La mayoría ojea y selecciona a la espera del último viernes, el Black Friday o viernes negro, cuando todos los comercios ofrecen suculentos descuentos a los clientes. ¿Todos? ¡No! Algunos irreductibles resisten todavía y siempre al ritmo marcado por las grandes cadenas.

«A mí negocio no le aporta nada. No sólo porque tendría que hacer un gran esfuerzo por equipararme con establecimientos que manejan otros márgenes y hacen campañas faraónicas, sino porque mi filosofía es otra; confeccionamos prendas únicas, no hay dos iguales, así que no tiene sentido participar en campañas que fomentan el consumo masivo, que es algo que tampoco nos gusta», explica Helen Alonso, propietaria de La kraftería de corazón.

«Nosotros somos totalmente contrarios a las campañas de descuentos fuera de las épocas tradicionales de rebajas, las de toda la vida de enero y julio que permitían dar salida, con márgenes ajustados, a las existencias en stock. Pero es que además el Black Friday ha tomado una deriva que no tiene ningún sentido. Nació para ofrecer descuentos durante un tiempo muy limitado, 24 horas, y sólo se aplicaba a productos informáticos y consumibles. Sin embrago, hoy lo vemos en todos los sectores y determinadas marcas tienen pre-Black Friday, Black Friday y post-Black Friday», señala Pedro Campo, presidente tanto de Cecobi como de la Confederación Española de Comercio.

¿Y puede un pequeño comercio que ve paradas las ventas de noviembre permitirse después no tratar de salvar el mes con una promoción de la que los demás parecen sacar provecho? «Cada quien tiene que echar sus cuentas, pero siendo consciente de que, aunque durante unos días vendas más, igual los descuentos que tienes que ofrecer no compensan. Restringida a esas 24 horas, la campaña puede tener sentido dado que es algo ya muy asumido por parte de los consumidores, pero el pequeño comercio no tiene margen para alargarla como hacen las grandes marcas», insiste Campo.

«Hacer piña»

«Creo que es pan para hoy y hambre para mañana, que estas cosas van a terminar con nosotros. Es una pena que en tiempos difíciles haya quien se agarre a estas acciones y no hagamos piña de verdad. Si nadie se sumara a estas iniciativas no daríamos fuerza y visibilidad a una fecha que sólo favorece a las grandes marcas que son las que se llevan las ventas y beneficios de verdad», coincide Pilar Domínguez, propietaria de Koloreak Juguetes.

Helen Alonso, propietaría de La kraftería del corazón, en la calle Artekale de Bilbao.

La patronal insiste además en la repercusión que tiene introducir en el calendario comercial varios días de descuentos justo antes de la campaña de Navidad y las rebajas de enero, «un período que tradicionalmente supone un 45% ó un 50% de la facturación anual de muchos comercios». «En algunos casos, como los juguetes, ese porcentaje se puede elevar hasta el 60%», subraya Campo. «Un pequeño comercio no puede hacer rebajas en plena campaña, que es cuando ganamos. Para nosotros es cargarse la campaña. El pequeño comercio no puede ni va a subsistir subiéndose a acciones tan agresivas diseñadas por las grandes empresas», subraya Domínguez, quien además hace hincapié en otro aspecto: «la OCU ya ha advertido más de una vez de que no todos los descuentos que se ofrecen son reales».

«Yo tengo serias dudas. En anteriores campañas ha habido denuncias que alertan de que los precios se cambian en los días previos para que, llegado el Black Friday, sean más altos que durante el resto de la temporada pese a estar rebajados. Si arrancas la campaña con un 30% de descuento es porque el precio ya estaba pensado para poder soportar ese margen», señala también Pedro Campo. «Al final confundimos al consumidor, que ya no sabe realmente a qué precio paga cada cosa y al que yo le pediría que se cerciore de que de verdad le están ofreciendo el descuento que se promete», insiste.

«Es marear el comercio. Una cosa es dar salida a los productos que te quedan después de acabar la temporada, pero ya eso de rebaja sobre rebaja de la rebaja… Acabo de oír el anuncio de una tienda que ofrece descuentos de hasta el 80%. Lo normal es que el cliente piense es que el resto del año le están engañando o que ahora no le ofrecen la misma calidad. Nos echamos piedras sobre nuestro propio tejado», advierte Lourdes Leoz, la tercera generación al frente de Paragüería Leoz.

Beatriz Etxebarria, Pilar Domínguez y Patricia Pardo en Koloreak Juguetes, en Uribarri.

«Esto viene de las grandes marcas y los pequeños nos hemos querido sumar, pero ni podemos seguir ese ritmo ni tiene que ser tampoco nuestro estilo. Nuestro modelo de venta se basa en la especialización, en la profesionalidad de un comerciante que sabe mucho de lo suyo y ofrece asesoramiento personalizado. Lo demuestran los años que lleva abierta esta tienda», dice Leoz desde el mostrador del establecimiento abierto por su abuelo en 1933, que ya ha llovido.

Consumo responsable

«Yo pedía al consumidor que además sea consciente de las consecuencias de sus hábitos de compra. Todos decimos que queremos cuidar el medio ambiente y contar con actividad comercial en nuestros barrios para vivir en entornos dinámicos, pero luego compramos por Internet sin cuestionarnos por cuántos vehículos pasa el paquete que llega a casa, ni en que para su embalaje se ha empleado el doble de material que habrían usado en un comercio local ni dónde generan empleo o pagan sus impuestos algunos de los gigantes a los que compran», añade Pedro Campo.

«Tenemos que educar al comprador en hacer un consumo responsable, que piense a dónde va su dinero. El beneficio del pequeño comercio se queda en nuestras ciudades. El de las grandes marcas e Internet, no. Si siempre hemos alardeado de que nuestra ciudad es diferente, nuestro comercio también ha de serlo, ha de tener esos pequeños escaparates originales y únicos que atraen además turismo de calidad y no solo las mismas marcas que hay en otros sitios», insiste Pilar Domínguez. «Por no hablar de la compra compulsiva…».

«Son campañas que incentivan un modelo de consumo exagerado que desde el pequeño comercio no podemos defender de ninguna manera. Nosotros debemos abogar por vender calidad, productos duraderos y no de usar y tirar», coincide Lourdes Laoz, que predica con el ejemplo; en su establecimiento también se reparan paraguas. «Promociones como estas nos llevan a comprar sin preocuparnos ni por lo que de verdad necesitamos, ni por la calidad de lo que adquirimos ni por las condiciones en que se ha fabricado. Yo prefiero ofrecer un vestido que te dure hasta que te canses de él y que puedas recuperar cuando te vuelvas a acordar de que está en el armario. Y desde luego quiero hacer promociones y sorteos cuando yo lo crea oportuno, porque me gustaría celebrar algo, por ejemplo, o rebajar las prendas cuando veo que quedan algunas sueltas de alguna colección y quiero darlas salida. A mi aire», explica también Helen Alonso.

Fuente: El Correo