Por Daniel Córdoba-Mendiola.

No resulta osado afirmar que la forma de comprar y consumir cambiará radicalmente tras la Covid-19. En medio de la crisis, podemos ya intuir algunos aspectos fundamentales que alterarán nuestros comportamientos. Hablamos de la planificación, las colas, la compra por impulso y el efecto que tendrá sobre la innovación, a lo que tenemos que sumar la reducción en la capacidad de gasto de la población. No es un panorama fácil.

 

Entrar en un supermercado (o cualquier otra tienda) con recelo después de esperar en la calle cambia fundamentalmente nuestra predisposición. Comprar con miedo es lo opuesto a comprar con hambre. Equipados con una lista física o mental hecha en casa, pivotamos hacia las marcas de siempre, productos que ya conocemos y poco más. Llenamos rápidamente el carrito y salimos lo antes que podamos. Un paseo acelerado por el supermercado tiene ramificaciones en muchos entornos. Comprar rápido y con miedo significa no merodear por lineales como antes y no estar abierto a dejarse seducir por las novedades que lanzan constantemente las marcas. El miedo ciega la compra de capricho. Se acabó degustar un trozo de queso recién cortado en el súper. No probarlo significa que no te gusta, no lo consideras y no lo compras.

¿Cómo abrir la mente a un nuevo queso sin probarlo, si vamos al súper con recelo y saliendo cuanto antes?

Pasear de forma perezosa por los pasillos de los supermercados es la gran esperanza para que compremos más. Vemos un producto que no sabíamos que queríamos y lo compramos. Ese producto puede que sea el ingrediente clave para una receta que pide cosas que no tenemos en casa. Puede que ese nuevo plato que ya has cocinado en tu cabeza sea el epicentro de un nuevo encuentro con tus amigos en casa. Un encuentro que pide más cerveza, vino, refrescos y helado.

Igualmente, pasar el menor tiempo posible en la caja de salida impide que nos seduzcan las montañas crecientes de productos de impulso que comprábamos a última hora. Recordemos los minutos esperando a que nos toque el turno en la cola y cómo productos de impulso (revistas, chicles, golosinas…) acababan en el carro porque lo poníamos nosotros o por insistencia de los niños que nos acompañaban. Los supermercados deberán pensar mucho de qué forma mantener nuestro interés en estas nuevas realidades.

Algo parecido pasará en el resto de comercios. Probarse una prenda de ropa en una tienda ahora despierta alarma. Manosear la ropa que hacendosos dependientes se esfuerzan por mantener decente no es una opción. Capricho y obligación de pedir hora no son buenas amigas en el momento de decidir qué comprar. Y si no, pregúnteselo a cualquiera que haya ido de compras con alguien que no quería y que no veía el momento de salir de la tienda. Habrá que innovar.

Coger el frasco de perfume para rociarse un poco es ahora una posible fuente de contagio. Las estrategias de seducción que las grandes marcas de perfumería usan para enamorarnos con una fragancia deberán aprender a hacerlo sin la posibilidad que todo el mundo la pueda probar. O te rocían o no hay experiencia. Preparémonos para probarlas en papeles ya prerrociados y volver a las franjas adhesivas en las páginas de una revista.

Las grandes compañías de bebidas se han lanzado a realizar esfuerzos titánicos para ayudar a la hostelería, el sector que vive quizás con más incógnita cómo actuarán los consumidores una vez nos hayamos familiarizado con las nuevas realidades. Teletrabajar más significa también menos paseos a la oficina, menos viajes al bar para tomar un café, menos comidas fuera de casa. Se acabó por ahora la merienda de abuelos y nietos esperando a que los padres salgan de trabajar.

Esperar en la cola de una cafetería a que sirvan tu café para llevar junto al resto de compradores no es una opción (y menos si todo el mundo manosea los vasos buscando el suyo).

Estas son sólo algunas de las consecuencias que nos esperan. La salida de la Covid-19 nos traerá una nueva forma de comprar que deberemos pensar entre todos.

Fuente: La Vanguardia