Tiendas valladas a cal y canto, hoteles y musicales cerrados, bares desiertos… La calle más popular de Madrid languidece

Son las 20.00 horas del pasado miércoles. Un grupo de cinco camareros charla en torno a la barra. Están mano sobre mano. No hay ni un alma en esta amplia cafetería de la Gran Vía, que cuenta con mesas muy separadas y mamparas de plástico para dividir los espacios.

«Desde las 4 de la tarde no ha entrado nadie ni para tomarse un café. La sensación es desalentadora», explica Marlon Macías, director de Vinitus Gran Vía en Madrid.

Fue el primero en abrir después del confinamiento por el coronavirus, pero luego se vio obligado a cerrar otros 15 días.

«Esperábamos que arrancase la primera semana de agosto, pero no arrancó y esta semana sigue sin arrancar. Está siendo muy duro y muy triste», se lamenta Macías, que aguarda la licencia del Ayuntamiento para poder instalar una terraza y paliar de alguna manera las pérdidas.

Y es que, como comenta Petra, una portera que se afana en limpiar los cristales de su edificio, «la Gran Vía ya no es lo que era».

Comercios vallados a cal y canto, musicales clausurados, bares desiertos y casi todos los hoteles cerrados. No se ve a ni un solo turista en la calle más turística de Madrid.

Agosto es un mes tradicionalmente flojo por el éxodo masivo de madrileños, pero con la llegada de extranjeros se lograban salvar los muebles. Antes de la pandemia del coronavirus, la ciudad vivía un momento de eclosión turística y el año pasado recibió 10 millones de visitantes.

Este verano las cifras se han desplomado por completo. Si en el mes de julio de 2019, 1.117.908 de turistas se alojaron en los hoteles madrileños, este año sólo han venido 209.179, lo que representa un 81% menos.

El bar Chicote, cerrado.
El bar Chicote, cerrado.ÁNGEL NAVARRETE

De hecho, la mayoría de los hoteles de la zona ni se han estrenado. El hotel Palace, en la cercana plaza de Neptuno, reabrió el pasado jueves, y tan sólo han aguantado el tirón el Room Mate Macarena, de la cadena de Kike Sarasola, y el Riu de la Plaza de España, con una ocupación del 35%, bastante por encima de la media que ronda el 16%.

«Nosotros dependemos del turismo y no ves a ningún extranjero. Tampoco hay gente de negocios ni de oficinas, porque muchos siguen teletrabajando. Te pasas la tarde entera y no entra nadie. Las clientas mayores de toda la vida tampoco se atreven a venir», relata Carmen Paúl, dependienta de la perfumería Rosi, que lleva más de 50 años aposentada en la arteria más famosa de la capital.

Muchos bares emblemáticos como el Mercado de la Reina, el Museo del Jamón o Chicote están cerrados e incluso cadenas como el Vips de Gran Vía tampoco han abierto sus puertas.

En líneas generales, sólo sobreviven las franquicias de comida rápida como Five Guys, Kentucky Fried Chicken, McDonald’s y Tommy Mel’s, todas extranjeras.

«La Gran Vía está muerta. En agosto siempre se ha vendido menos, pero este año no han llegado los turistas mexicanos ni los argentinos, que antes venían muchísimo», declara Darling, dependienta en Oink, una tienda de bocadillos de jamón ibérico conocida entre los turistas.

Por la avenida sí que circulan muchos paseantes, aprovechando las aceras anchas que colocó en su día la anterior alcaldesa, Manuela Carmena, pero muy pocos van cargados con las bolsas de las compras.

«Un amigo mío dice que la calle se ha convertido en la Gran Vía de Galapagar. La gente viene a pasear, pero nadie gasta. De cada tres locales, hay uno cerrado. Sólo sobrevive el que tiene algo de músculo financiero y está dispuesto a perder su tiempo», asevera el quiosquero Gustavo Pérez.

La Gran Vía está muerta. Los turistas no han venidoDARLING, DEPENDIENTA

Las tiendas y los quioscos se han tenido que ir reciclando, ya que el producto estrella de este verano es la mascarilla. Donde antes lucían tazas con la imagen de la gitana o imanes con la paella ahora hay mascarillas con todo tipo de diseños. Los souvenirs han dado paso a los complementos. Todo se ha vuelto más práctico en estos tiempos de coronavirus.

«Nosotros somos un termómetro de la sociedad. Vemos lo que la gente demanda y lo vendemos. Ahora me piden gomas y pinzas para el pelo, agua y mascarillas», manifiesta Pérez.

Tan sólo ingresa el 20% de lo que ganaba antes y por eso pide ayudas para los autónomos con el fin de poder subsistir.

«Me parece muy bien el escudo social, pero también hay que mantener los negocios de las pymes y de los autónomos. Nos tienen que echar una mano o, por lo menos, que suspendan el canon que tenemos que pagar, que son 3.000 euros al año. Esto es la zona cero de la pandemia. Si nos mantenemos abiertos es por un compromiso con el ciudadano», mantiene.

Si los quioscos languidecen, el pequeño comercio agoniza. Ya pasaba por momentos complicados, pero el coronavirus le ha dado la puntilla. Las pocas tiendas antiguas que quedaban en la zona están cerradas. Ni siquiera Loewe ha abierto sus puertas este agosto.

La Gran Vía, vacía.
La Gran Vía, vacía.A. NAVARRETE

Tan sólo resisten las grandes cadenas de moda como H&M, Primark, Zara y el resto de marcas de Amancio Ortega, que son las que dan algo de animación a la calle. En las puertas, los guardias jurados vigilan las entradas y que los clientes se echen el gel, pero el control de aforo no es necesario, porque hay muy poca gente. Ni rastro de las colas de antaño a las puertas del Primark.

«Las tiendas están muertas. Mi mujer trabaja en Zara y dice que no se vende nada», argumenta Emilio, otro quiosquero.

Se muestra pesimista con la situación y aboga por salir a flote sea como sea: «Mientras a los turistas les recomiendan que no vengan a España, no podemos hacer nada. Hay que seguir como sea, no nos podemos quedar parados en casa. Y si te toca morirte, pues te ha tocado», asegura.

Por no vender, no se venden ni los helados. Alan Justo atiende en la famosa heladería Palazzo desde hace 14 años. Nunca había vivido un momento semejante.

«Hemos caído en picado. Estamos haciendo las cajas que hacemos en invierno. Llevamos diez minutos hablando y no ha entrado nadie. Esto era impensable en cualquier otro verano», se queja mientras remueve los helados.

Los que mejor están sobreviviendo al tsunami de la Covid-19 son los pequeños puestos de botellas de agua y chucherías. «A mí me va bien. Tampoco es para llorar tanto como llora la gente. Hay que adaptarse a las circunstancias. Han abusado mucho del turismo, pues ahora que se jodan», critica un vendedor situado en la Plaza de Callao. «¡Pero no me pongas el nombre que luego hay mucha envidia!», añade.

SIN MUSICALES

Los musicales, otro buque insignia de la Gran Vía, también permanecen cerrados a cal y canto. Ni el Rey León ni Ghost ni Anastasia han abierto el telón este verano ni lo harán en septiembre. De hecho, muchos ya se plantean esperar a la temporada navideña.

La crisis se produce justo cuando Madrid se estaba convirtiendo en la capital mundial de los musicales en español y el sector facturaba 110 millones de euros al año.

Los únicos que respiran algo aliviados con esta situación son los vecinos, que han visto cómo desaparecían del mapa los turistas de botellón y borrachera, que inundaban los pisos turísticos de los alrededores de Gran Vía.

Por eso, piden al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que aproveche esta grave crisis para repensar el modelo de ciudad y atraer de nuevo a todos los madrileños, que se tuvieron que ir del centro por el elevado precio de los alquileres.

El ambiente es extraño. Todos cubiertos con las mascarillas. Esto parece un Madrid zombiEMILIO, HEAVY DE LA GRAN VIA

«La situación es muy triste, pero creemos que es un buen momento para pensar en una ciudad que sea vivida por los vecinos y no por ese turismo basura, que iba dejando patinetes por el medio de la calle y no se podía ni pasar. El centro ha sido invadido por viviendas turísticas ilegales, que no pagan impuestos y que han expulsado a los madrileños de la ciudad», sostiene Esteban Benito, portavoz de la Asociación de Vecinos de Chueca.

En medio de este panorama, hasta los heavies de la Gran Vía se encuentran de capa caída. «Está muy matada. A la huida habitual de agosto, se ha juntado con que no hay guiris. Es una sopa aguada. La gente hace lo que puede y no quiere caer en la ineptitud de los gobernantes», asevera Emilio, con su característico acento cheli.

Pese al ambiente pesimista, los gemelos Emilio y José Alcázar siguen siendo fieles a su cita con el número 25 de la Gran Vía, donde se encontraba la mítica y desaparecida tienda de discos Madrid Rock. Siempre intentan poner su «bandera de ánimo y de cultura» para estimular a la población, pero lamentan el deterioro de esta emblemática calle.

«Madrid siempre ha sido un hervidero cultural, pero la Gran Vía se la han ido cargando poco a poco. Ahora es un basurero comercial de cuarta categoría. El ambiente es extraño. Todos cubiertos con las mascarillas. Esto parece un Madrid zombi», concluye Emilio.

Fuente: El Mundo

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