Un repaso a los casos de Barcelona, París, Roma, Londres y Berlín

El pasado 5 de septiembre, La Vanguardia se hacía amplio eco en estas páginas de la situación dramática a la que la pandemia había abocado al centro de Barcelona. La relativa recuperación del pulso ciudadano durante este mes, tras la finalización de las vacaciones de verano para aquellos afortunados que aún conservan su empleo, no ha hecho más que confirmar los temores que ya se apuntaban en aquella información. El centro de la ciudad está viviendo un septiembre negro en el que continúa el goteo de cierres de negocios. Y los que sobreviven lo hacen, en su inmensa mayoría, a duras penas, perdiendo poco a poco las escasas esperanzas que aún tenían de remontar el vuelo.

Según diversas fuentes consultadas, en ese centro que abarcaría los cuatro barrios de Ciutat Vella y una parte del Eixample, la facturación de las tiendas, bares y restaurantes habría caído, de media, por encima del 70% respecto al año anterior. No obstante, son muchos los establecimientos en los que la disminución de los ingresos ha reventado todas las alarmas y se situaría por encima del 90%. Se trata de estimaciones hechas a partir de los datos de pagos efectuados con las tarjetas de crédito.

El descenso de ingresos en el resto de la ciudad se sitúaen torno al 30%

Esta crisis, como la que se inició en el 2008, como todas las anteriores, volverá a incrementar la brecha entre los que más y los que menos tienen. En este sentido, los barrios con las rentas más bajas continuarán alejándose un poco más de la media de la ciudad. Sus habitantes sufren ya más que nadie el paro y todas sus derivadas económicas, sociales y de salud física y mental.

Como apunta el último informe de coyuntura económica del Ayuntamiento de Barcelona, publicado el pasado miércoles, el número de personas sin empleo se acerca ya a 93.000, la cifra más alta de los últimos cinco años, sin contabilizar los trabajadores afectados por un ERTE. El informe advierte que “será muy difícil regresar a la situación de antes de la pandemia”. Y eso se nota muchísimo más en los hogares de Ciutat Meridiana Torre Baró que en los de Sant Gervasi o las Tres Torres. Siempre es así. Pero, por lo que respecta a la huella que la Covid-19 está dejando en el tejido comercial, lo que está padeciendo el centro de Barcelona no tiene parangón con lo del resto de la ciudad, cuyos comercios, según las mismas estimaciones extraídas del uso de las tarjetas de crédito, habrían sufrido una caída de la facturación en torno al 30% de media. Otras fuentes del mundo del comercio local añaden que, si bien en el conjunto de la ciudad a finales de año podrían haber echado el cierre definitivo un 15% de los establecimientos, en los barrios más céntricos –aquí se podrían incluir también zonas turísticas como la Sagrada Família– el porcentaje de clausuras se elevará fácilmente por encima del 30% y en algunos ejes concretos, como la milla de plomo formada por Princesa, Jaume I, Ferran y la calles de su entorno, rebasará fácilmente el 50%. Y estas no son las previsiones más pesimistas.

Las expectativas de mejora se disipan, y se espera más cierres antes de finales de año

El gobierno municipal, superada aquella fase inicial de ensoñación provocada por el centro vaciado, sin ruido, sin turistas, sin coches, parece haber caído en la cuenta de la gravedad de la situación, haber interiorizado la necesidad de diseñar con urgencia un plan de salvación. Fue buena señal que la propia alcaldesa, a la que sectores económicos de la ciudad han achacado siempre una escasa predisposición al diálogo con los que defienden posiciones poco afines a la de los comunes, aceptara reunirse hace unos días con los representantes de algunas de las principales zonas comerciales de Ciutat Vella y el Eixample y que hiciera acuse de recibo del documento Salvem el cor de la ciutat elaborado por la asociación Barcelona Oberta. En los próximos días, según se comprometió el gobierno de la ciudad en aquella reunión, se espera una respuesta a esas demandas, que van más allá del ámbito estrictamente comercial y que reclaman una intervención integral y transversal, pilotada desde las instituciones públicas –no sólo el Ayuntamiento– y en colaboración con el sector privado, que reactive el centro de Barcelona. Medidas que trasciendan las pequeñas pero necesarias revisiones –la del absurdo cierre al tráfico de la Via Laietana los sábados como símbolo– y que vuelvan a hacer del corazón de la ciudad un lugar atractivo para vivir, pasear, consumir y ganarse la vida. / Ramon Suñé

París: Una tormenta perfecta sobre la Ville Lumière

Los Campos Elíseos languidecen. Es deprimente pasearse, al mediodía de una jornada laborable, en este arranque del otoño. Para colmo, han vuelto la lluvia y el frío, después de un verano que parecía inacabable. Muy poca gente en las terrazas y en las tiendas. “Nunca se han visto los Campos Elíseos tan vacíos”, se lamenta Sabrina, empleada de un quiosco. “No hay casi turistas, y hasta los franceses han desaparecido”, agrega.

Sobre la Ville Lumière, la Ciudad de la Luz, el principal destino turístico de Europa, se abate desde hace dos años una tormenta perfecta que ha eclipsado su brillo y su vigor. Los efectos devastadores de la pandemia de la Covid-19 han sido la puntilla. Los negocios de la capital francesa, sobre todo en las zonas céntricas que dependen de los visitantes, ha vivido una pesadilla desde el 2018. Apenas se habían recuperado de la ofensiva del terrorismo yihadista (Charlie Hebdo BataclanEstadio de Francia) cuando llegó la larga huelga de los ferroviarios y, en especial, la interminable revuelta de los chalecos amarillos. Sábado tras sábado, durante meses, despliegue de miles de antidisturbios, granadas lacrimógenas, comercios destrozados o parapetados tras planchas metálicas o de madera, vehículos en llamas. La antítesis absoluta de una ciudad acogedora.

Restaurantes emblemáticos como Fouquet’s o Le Procope cerraron durante el verano porque no les compensaba mantener la actividad. Todos pagan las consecuencias, sean los locales sin pedigrí o los históricos, como el salón de té y pastelería Ladurée, fundado en 1862. “La afluencia no tiene nada que ver con la de antes de la pandemia”, admite la cajera.

Las ayudas estatales, aunque generosas, no son suficientes ante el negro horizonte. Este lunes, nueva vuelta de tuerca en las restricciones. Los bares y restaurantes, en París y en la mayoría de las grandes urbes francesas, deben cerrar a las 22 horas. Se mata así la cena, los encuentros para tomar copas. Hay indignación en el sector.

Al desastre económico de la Covid-19 se suman los estragos causados por los ‘chalecos amarillos’

“Esta decisión estigmatiza una profesión que sirve de chivo expiatorio ante las carencias de las jefaturas (de policía) para hacer respetar la ley”, dijo Didier Chenet, presidente de la asociación patronal de hoteleros y restauradores (GNI). Ha habido manifestaciones, llamamientos a la desobediencia y conatos de revuelta incluso por parte de los alcaldes de las ciudades afectadas.

Por si no fuera suficiente con lidiar con la pandemia, a partir del 2021 entrará en vigor, por razones ecológicas, la prohibición de estufas de gas en las terrazas. Otro golpe muy doloroso.

Un ejemplo del impacto en París de la crisis es la cadena de hoteles Charm. Poseen seis establecimientos de tres y cuatro estrellas. Solo hay uno abierto, el Luxembourg Parc, con una ocupación muy modesta. Uno de los propietarios de la cadena, Antoine, reconoce ante La Vanguardia, en un intento por atraer clientes, que “es un buen momento para venir a París porque hay una guerra de precios”. Una habitación en un buen hotel de cuatro estrellas solía costar 300 euros. Ahora se consigue por casi la mitad.

“Después de los atentados, de los chalecos amarillos y de las huelgas, hemos llegado al fondo del pozo”, reconoce Antoine, que ha pedido un crédito para sobrevivir a la coyuntura. Y su angustia va más allá. “París siempre será París, pero me temo que se esté produciendo un cambio de mentalidad de la gente, de carácter duradero –advierte–. Con el teletrabajo, costará mucho recuperar a los clientes que venían por negocios”. / Eusebio Val

Roma: el centro se vacía sin turistas ni trabajadores

Sólo en Via Frattina, una de las calles más concurridas del centro histórico de Roma, han cerrado una veintena de establecimientos. Las consecuencias de la crisis económica y social derivadas de la pandemia han hecho mella en un centro de Roma demasiado habituado a ver deambular muchos turistas, pero también a los empleados de las grandes empresas y los múltiples ministerios y oficinas públicas del corazón de la ciudad eterna, que ahora está prácticamente vacío.

El centro histórico de Roma se ha vaciado por tres motivos. El primero, por el miedo de los italianos al coronavirus. Es decir, a hacer vida, cenar en las estrechas calles de la capital. En una noche de verano era difícil cruzar la siempre abarrotada plaza ante el Panteón de una tirada. Ahora, cuando cae el sol, entre semana se puede visitar prácticamente en solitario. El segundo, por la caída de turistas. Aunque ahora ya se pueden ver algunos grupos encabezados por guías, son poquísimos comparados con los de la anterior Roma entregada a los visitantes extranjeros. Y el tercero, porque durante la semana Roma estaba habituada a llenarse de empleados públicos que viven en la periferia pero trabajan, desayunan, comen y compran en el centro de la capital. Ahora el Gobierno pide favorecer el teletrabajo mientras no exista una vacuna y, por lo tanto, no utilizan los servicios de estos barrios.

En los negocios históricos las ventas han caído un mínimo de un 30%; en la restauración, un 50%

“El problema es que durante muchos años el Ayuntamiento ha convertido el centro histórico en inaccesible para los romanos que viven en los barrios residenciales de la periferia, y ahora recogemos lo sembrado”, denuncia David Sermoneta, presidente de Confcommercio Centro di Roma. El tráfico no está permitido para los que no son vecinos en una amplia zona de este centro, por la cual cosa la única manera de llegar es con transporte público, que no siempre funciona a gusto de los usuarios. “Los autobuses no pasan, las escaleras mecánicas están rotas y ahora hay un delirio verde que hace que sólo puedan llegar quienes vengan en bicicleta o en monopatín”, opina Sermoneta, hablando de la multiplicación de patinetes eléctricos este verano en las calles de Roma a través de un sistema de alquiler por minutos. “Es discriminatorio. Los mayores que quieren venir a comer al centro no pueden, la madre con el carrito, tampoco”, protesta.

Desde la asociación para los negocios históricos de Roma, de la que forman parte 28 establecimientos de más de 70 años de antigüedad, han notado mucho que el centro se ha vaciado también de romanos. Su presidente, Stefano Pizzolato, asegura que en todos los sectores las ventas han caído entre el 30% y el 40% respecto al año anterior, excepto el de la restauración, más castigado por la falta de los empleados públicos romanos, que ve una reducción del 50% de los ingresos. “Al contrario de las grandes cadenas, nuestros negocios beben de los locales. Pero igualmente, si la situación persiste o la epidemia aumenta en los próximos meses, algunas empresas podrían verse en riesgo de tener que cerrar”, advierte.

En el centro de Roma, una ciudad menos golpeada que otras grandes capitales europeas, no prevén una recuperación hasta por lo menos el próximo verano. / Anna Buj

Londres: Los zorros se apoderan de las calles

Antes, al atardecer, se veía de vez en cuando algún zorro hurgando entre las basuras, cruzando apresurado las calles de los barrios residenciales o escondiéndose debajo de los coches. Hoy, con las discotecas cerradas y pubs y restaurantes obligados a clausurar a las diez, son los amos de la noche en Londres, han perdido todo respeto y hacen apariciones incluso en PiccadillyOxford Circus o Trafalgar Square.

El paisaje urbano de la capital inglesa ha cambiado radicalmente con la pandemia. Los barrios turísticos del West End funcionan a medio gas, o más bien a un cuarto de tanque. Los grandes almacenes de Regent Oxford Street están abiertos, pero a veces parece que hubiese más dependientes que compradores, aunque el número de estos últimos ha ido progresivamente en aumento desde principios del verano con la desescalada. De todos modos, es evidente el impacto de la falta casi total de visitantes extranjeros (excepto algún despistado que prefiere ver la ciudad sin masas, aunque no pueda ir al fútbol o al teatro), y también del teletrabajo.

El Gobierno había emprendido a principios de mes una campaña para animar a regresar a las oficinas, incluso advirtiendo del peligro de perder el puesto para quienes insistieran en seguir en casa. Si la gente teletrabaja, puede que su empresa siga funcionando igual, pero quienes sufren son los negocios (quioscos, pubs, restaurantes, chiringuitos de comida, tiendas…) que dependen para su existencia de los oficinistas y sin ellos se van al garete. Que es lo que ha pasado en los distritos financieros de la City y el Canary Wharf, ciudades fantasma.

Un tercio de los trabajadores había vuelto ya a las oficinas cuando el Gobierno, en vista de la peligrosa aceleración del virus tras el desmadre vacacional del verano, se ha visto obligado a dar marcha atrás en su campaña de “regresen al trabajo” y ha pedido a los ciudadanos que otra vez, en la medida de lo posible, se queden en casa. Es un duro golpe para el sector de la restauración, que calcula que para febrero, si las cosas no cambian radicalmente, habrá perdido 600.000 empleos.

En una ciudad de distancias enormes, los trabajadores ganan hasta cuatro horas de ocio si se quedan en casa

Un paseo por el centro de Londres –no ya el distrito financiero, que es zona de guerra– confirma los peores temores. Hay gente, pero mucha menos de la habitual. Hay restaurantes abiertos, pero muchos con horarios limitados, y un número considerable permanece cerrado (los descuentos subvencionados de agosto, de hasta once euros por persona, y las terrazas al aire libre les dieron un respiro temporal).

En las zonas residenciales la normalidad es mayor, porque con la pandemia y el teletrabajo ha aumentado la vida de barrio. El comercio de proximidad resiste mucho mejor que el de las grandes cadenas, que han cerrado los establecimientos menos rentables para concentrarse en los que funcionan mejor. Lo mismo ocurre con los restaurantes, un sector en el que los de alta cocina y dirigidos al turismo y las comidas de negocios se encuentran con el agua al cuello. Los familiares, con menos costes estructurales, se van defendiendo.

El temor del Gobierno y de los propietarios de negocios en el centro, en la City y en el Canary Wharf es que ni siquiera cuando haya una vacuna las cosas volverán a ser como antes, porque muchos trabajadores y muchas empresas le han cogido el gusto al teletrabajo, en una ciudad donde las distancias son enormes (es habitual tener que coger un tren a las 5.30 de la mañana para estar en la oficina a las 9 y el clima laboral cada vez más tenso.

Londres ha cambiado. Incluso hay quienes han adoptado a zorros como animales domésticos y les dan de comer en sus jardines. / Rafael Ramos

Berlín: los hoteles añoran a los visitantes extranjeros

Pasear por la Isla de los Museos, cruzar Alexanderplatz o contemplar la puerta de Brandemburgo nunca ha resultado tan tranquilo en tiempos modernos como con el coronavirus, en una estampa de ausencia de masas en Berlín que se repite en el casco antiguo o centro histórico de todas las ciudades europeas. El impacto económico de este vaciado de turistas internacionales se nota sobre todo en los hoteles –algunos permanecieron cerrados durante el verano y está por ver qué harán este otoño– y en los restaurantes y bares, abocados a tirar del cliente local. Las empresas de ocio nocturno, y en concreto los afamados clubs musicales de techno, se reciclaron en terrazas de copas al aire libre durante el verano, pero ahora llega el frío y mantener ese modelo va a resultar complicado.

En el primer semestre del año, dominado por el primer impacto de la crisis de la Covid-19, la capital de Alemania recibió a 2,7 millones de visitantes, casi el 60% menos que en el mismo periodo del 2019. En el caso de la restauración, la caída fue del 41%. Importante recordar que los hoteles de Berlín están autorizados desde el pasado 25 de mayo a albergar a turistas; antes de eso sólo podían aceptar a huéspedes que viajaban por trabajo o por causa mayor. Los restaurantes y bares pudieron reabrir, con determinadas condiciones, a partir del 15 de mayo.

Pese al difícil panorama, desde el mes de julio se ha notado una ligera recuperación; están volviendo a venir turistas de AustriaDinamarcaPaíses Bajos Suiza. Además, en comparación con otras ciudades, la capital de Alemania está atravesando pasablemente esta dura etapa. Motivo: “Berlín es un destino muy apreciado por los turistas alemanes”, aclara Burkhard Kieker, responsable de la empresa turística pública Visit Berlin, si bien recordó que “faltan aún muchos visitantes europeos”. Españoles e italianos se echan de menos en el centro.

El Ayuntamiento cierra la milla comercial de la Friedrichstrasse para evaluar si debe ser ya para siempre peatonal

Para defender el sector, Guido Zöllick, presidente de la asociación de hoteles y restaurantes Dehoga, sostiene que “será importante que las autoridades locales sigan mostrando generosidad a la hora de autorizar espacios al aire libre o protegidos del viento, así como el uso de calefacción exterior, para poder alargar la temporada gastronómica al aire libre ”.

En este contexto, el Ayuntamiento ha aprovechado para hacer una apuesta que ha generado mucha polémica: cerrar al tráfico rodado la milla comercial de la céntrica Friedrichstrasse, para evaluar si convertir ese tramo en zona exclusiva para peatones y ciclistas es beneficioso para el comercio y el medio ambiente. Se cerró el pasado 29 de agosto y así seguirá hasta enero del 2021. Por cierto, el uso de transporte público en la ciudad cayó en el primer semestre un 13%.

La alimentación, en cambio, reflota, no sólo porque obviamente la población local tiene que surtirse, sino porque lo hace de modo muy repartido, con lo cual más tiendas acusan la tendencia a la recuperación. Incluso en el castigado primer semestre subió del 6% al 8% en función del barrio. Suele decirse que Berlín, con sus espaciosos 892 kilómetros cuadrados para 3,7 millones de habitantes, y dividida en doce distritos, equivale en realidad a doce ciudades de 300.000 habitantes, cada una con su propio centro urbano y su comercio de proximidad.

Fuente: La Vanguardia