Los propietarios de los negocios con más solera del centro de Madrid, que han sobrevivido entre horas extra, créditos y reservas, aguardan la llegada de visitantes. Para la mayoría, sus cuentas dependen entre un 60 y un 90% de ellos

La falta de relevo generacional ha acabado con varios de ellos en los últimos años y aunque la crisis económica que ha desatado el Covid-19 les ha golpeado fuerte no ha logrado tumbarlos. Con las raíces bien arraigadas y los últimos descendientes tras el mostrador, los comercios centenarios de Madrid han aguantado la embestida de la pandemia, aunque no sin el sacrificio añadido de quienes están detrás: horas y horas a pie de tienda, créditos, rebajas salariales, pérdida de ahorros… Como historia viva de la ciudad y de sus propias familias, sus propietarios, impulsados por sus trabajadores de toda la vida, han luchado cada día porque no desaparezcan, mirando de reojo, eso sí, unas cuentas hechas añicos, y también a esos turistas que ya empiezan a asomar por el centro, hasta hace poco un desierto.

La violeta, esa tiendecita de la Plaza de Canalejas que vende desde 1915 los típicos caramelos que lleva impresos en su nombre, lo ha pasado mal, pero poco a poco va levantando cabeza. «Ha sido un desastre», cuenta Mónica de Prado, tercera generación al frente del negocio. «Al principio no vendíamos nada. No había nadie en las calles. Abrimos por intentarlo. ¿Te acuerdas de ese día que vendimos sólo dos euros, de una caja de caramelos?«, le pregunta buscando su complicidad a Jessica Méndez, su dependienta, afanada en empaquetar violetas en modo automático.

Desde que el estado de alarma quedó en suspenso, «todo está mejor», apunta la dueña. «No es como antes, se vende más y se ve más vidilla», añade con la vista en la puerta. «Mira, por ahí pasan con unas maletas», dice, muy pendiente de que el turismo, ese del que depende su negocio, llegue como antes. «Ya se empieza a ver a franceses, ingleses, italianos, pero echamos de menos a los japoneses y a los chinos, que venían en grupos y llevaban mucha cantidad», señala su empleada. «Eran muy buenos clientes, son muy fan de las violetas, les encantan. Y a los americanos también», añade De Prado.

Mientras nos explica que el negocio lo montaron sus abuelos (presentes allí en forma de fotografía), la propietaria del local nos cuenta también que para sobrevivir han tenido que pedir un crédito. «Si no, era imposible; no hubiésemos podido salir adelante. Estuvimos dos meses cerrados, más los que no venía nadie. A ver si ahora nos dan una ayuda», resuelve.

La página web «no tira mucho» y los hoteles, uno de sus habituales, aún «no se permiten el lujo de poner unos caramelos a sus clientes». «Intentaremos recuperarlos», dice la propietaria, asegurando que si ya han llegado hasta aquí… aguantarán el tirón.

EXPERIENCIA Y MUCHO SENTIMIENTO

En la Puerta del Sol, entre los acordes de músicos callejeros, comienza a verse algo más de movimiento. Y las tiendas históricas de la plaza también lo notan. En Casa de Diego, popular por ese escaparate a rebosar de abanicos artesanales, comienzan a ver la luz aunque el camino para salir del túnel aún es largo, cuenta Arturo Llerandi, sexta generación de esta empresa familiar, que guarda esa esencia que desprende el pasado.

La experiencia, dice, les ha hecho sobrevivir. «Cuando vimos la situación el primer día, lo primero que hicimos fue plegar alas», dice recordando a lo que le enseñó su abuelo, que libró «mil batallas económicas». Así, casi todos los que levantan esta empresa, seis de ocho, fueron al ERTE.

¿Y qué más hicisteis? «Luchar. Menos dormir, estábamos aquí todo el día. Y pedir un ico y otro y otro«. Tres créditos que deben devolver de aquí a 2026. «Necesitamos que los próximos cinco años lleguen el doble de turistas para paliar las grandes pérdidas» -un 500%, dice, entre lo que han dejado de ganar y lo que han perdido-. Porque el turismo es el 85% de su negocio.

«Si hubiésemos cerrado todo el año pasado no hubiésemos perdido tanto», se lamenta. «Ahora, cada día que te levantas están en números rojos y así será los próximos cinco años. Hay que pagar todo lo que se debe. Ese es el tema. Pero… fuerza, ilusión y sangre española», dice con optimismo antes de contar que sólo la guerra civil, y la bomba que cayó en sus puertas, ha hecho más daño al local en toda su historia.

«Hemos trabajado mucho por amor y cariño. No todo es el dinero. El sentimiento te hace seguir aquí. Tus antepasados«, añade Llerandi mientras señala los símbolos familiares que siguen allí: el sombrero de su abuelo, colocado en el mismo lugar que él lo hacía, y el retrato que pintó Agustín Segura a su abuela, que corona el comercio.

Desde hace una semana tienen menos pérdidas. «Hoy es el primer día de atasco desde mayo del año pasado. A lo mejor igualamos (gastos e ingresos)», reconoce después de que la periodista le pregunte sobre el movimiento que percibe en el local (de su propiedad), el único de los dos que tenían antes de la pandemia que sigue abierto al público. «En Mesoneros Romanos sólo tenemos ahora el taller».

«Lo peor ha pasado, pero aún queda», dice en el interior de la tienda -que guarda más de 10.000 abanicos diferentes, artesanos, y más de 100 tipos de paraguas-, porque en su caso, las compras online han servido y sirven de poco. «La gente quiere tocar, quiere ver…», resume.

DEL DESASTRE AL «NO NOS PODEMOS QUEJAR»

Lo mismo apuntan desde la Antigua Relojería de la calle de la Sal, a unos pasos de la Plaza Mayor, a donde llegamos entre el ruido ensordecedor de varias obras. Allí, en ese rincón histórico coronado por un reloj autómata que diseñó Mingote, amigo íntimo de la anterior generación, y donde alguno se escapa en fin de año para tomarse las uvas, «la cosa va yendo mejor».

«Cuando acabó el confinamiento abrimos y asombraba que de aquí a la Puerta del Sol éramos los únicos que estábamos abiertos. Daba pena el barrio. Hasta hace dos meses no había nadie en la calle, pero cada vez se ve más alegría y hay más visitas de público nacional», dicen Nacho y Reyes García, primos y tercera generación al frente del negocio junto a Javier, hermano del primero. «Echamos de menos al turista extranjero», añaden, porque éste suma un 15% a sus cuentas.

Aunque las cifras no son aún las de estos años atrás, cuentan, van «sobreviviendo». Los clientes de toda la vida asisten con normalidad, siguen vendiendo «bien» a las empresas -fundamental en su negocio-, y el taller «funciona correctamente». «No nos podemos quejar», dice ella, quien apunta que sólo la nevada les volvió a trastocar después de haber pasado lo peor de la pandemia.

En su caso, no han necesitado financiación para salir adelante. «Hemos tirado de reservas», dice Nacho, quien añade que han solicitado una subvención que dan por perdida. «Si se la dan a otro que la necesite más…», dice antes de señalar que cuentan con la ventaja de que el local es de la familia y que su secreto para salir adelante no tiene más receta que su forma de trabajar, «con todo pagado y mucho orden».

PENDIENTES DEL TURISMO

A unos metros de allí, en la Sombrerería Medrano, la más antigua de toda España, Héctor Medrano, tercera generación de la última familia que ha pasado por allí [anteriormente lo hicieron otras dos], cuenta que han sobrevivido también apretándose el cinturón pero sin la necesidad de pedir ningún crédito.

En su caso, la clientela local y fundamentalmente las ventas para el cine o el teatro les han salvado. Y ser especialistas en una materia, en fabricar artesanalmente el producto que venden.

«Está siendo una época complicada», dice Medrano, quien detalla que aunque han tenido meses con altibajos, ahora la cosa está más estable y se aproxima esa época del año estrella para su sector. «Se ha notado eso y que ya no hay restricciones. Hemos pasado de estar parados a mucha actividad«, dice, reconociendo que aún están lejos de los números de otros años.

También ellos están pendientes de que lleguen más turistas, nacionales e internacionales, porque son el 60% de su negocio. En su caso, las compras por internet se han incrementado pero no dan para mucho. «Es iluso», dice Medrano, pensar que eso es la solución en su empresa. «Los sombreros te los tienes que probar», dice ante la atenta mirada de su madre, que acompaña en el negocio a su marido y cabeza del negocio, Beltrán Medrano, inmerso en el taller.

LA RED COMO SALVAVIDAS

Las ventas online, sin embargo, han sido el refugio seguro de Capas Seseña durante esta pandemia para salir adelante. Eso, y tener «un buen gobierno», porque sin los ERTE «no hubiera sido posible» seguir, apunta Marcos Seseña, cuarta generación, que se arremangó en pleno confinamiento para enviar desde su propia casa todo el stock que tenían en la tienda y se dedicó a hacer una venta muy personalizada, «humana y casi familiar», con sus clientes vía e-mail.

Aunque han perdido mucha de las ventas a nivel calle, fundamental, la red les sirvió para sobrevivir, al igual que la experiencia de estos años atrás. «Hemos vivido millones de crisis y hemos podido con todas. Siempre hemos sido prudentes y humildes en las ambiciones empresariales, y hemos mantenido un producto muy nicho que no genera grandes ingresos pero tampoco grandes pérdida», apunta el propietario, quien también echa de menos al turista (el 60% de sus ventas es a extranjeros, especialmente de EEUU, y el 90%, a clientes de fuera de Madrid). «Llevamos un año oyendo el silencio», dice sobre la tienda, ausente de clientes en la media hora que pasamos allí conversando.

Para él, lo peor para esta empresa dedicada sobre todo a la capa clásica está por venir. «De febrero a mayo ha sido peor que el año pasado porque la gente, entonces, compro por internet. Con el confinamiento todo el mundo estaba pegado al ordenador, pero ahora no», dice el empresario. «Este año va a ser el peor de la historia de Seseña. El anterior, tuvimos unas pérdidas del 35% y este año ya vamos por el 60% respecto a lo habitual», añade. De momento, este 2021 han pedido una financiación extra, por si las cosas siguen feas.

CUANDO EL PROBLEMA NO SON LAS VENTAS

Mal, o regular, también lo están pasando en Guitarras Ramírez, aunque su problema es otro bien distinto. Este negocio familiar, famoso por la elaboración artesanal de este instrumento, que cuelga hasta en el Metropolitan de Nueva York, se ha visto arrastrado por los efectos de la crisis de algunos de sus proveedores.

Además de vender sus propias guitarras, también tienen a la venta otras más económicas, diseñadas por ellos pero elaboradas en otras fábricas, que están llegando «con cuentagotas». Y de ellas depende la mitad de sus ingresos. «Tenemos muchas ventas pero no las podemos hacer efectivas», cuenta Cristina Ramírez, quinta generación, propietaria del negocio junto a su hermano José Enrique y su tía Amalia. «No tener clientes es malo pero no tener producto es igual de malo», añade.

El suyo no es un negocio principalmente nacional. La mayor parte de lo producen va fuera -tienen distribuidores en EEUU, Japón, China, Italia, Alemania…- aunque eso no quiere decir que no les haya hecho daño el cierre de los tablaos y la música en directo así como la caída del turismo, porque algunos de sus mejores clientes viene de fuera de de España. «Nos aportan mucho dinero porque no buscan una guitarra económica», cuenta la empresaria, quien detalla que los instrumentos que fabrican de forma artesanal oscilan entre los 4.000 hasta los 22.000 de una pieza para coleccionistas.

Con la tienda «a medio gas», internet ha sido su salvación. «Ha sido fundamental para no arruinarnos», dice Cristina, quien cuenta que tanto su hermano como ella han tenido que trabajar «el triple» y pedir un ICO para tirar hacia adelante. A su juicio, adaptarse a los nuevos tiempos «es fundamental», algo que echa en falta en algunos comercios centenarios. Pese a las dificultades, no piensan tirar la toalla. «Nos encanta esto, es nuestra historia y queremos seguir con ella», dice.

SI EL COVID HUBIESE EMPEZADO ANTES…

Tampoco piensan hacerlo en Casa Mira, ese lugar a rebosar de turrones y dulces de la Carrera de San Jerónimo donde los escasos turistas que hay por Madrid se paran a mirar. En su caso, la campaña navideña, su agosto todos los años, les ha salvado el negocio, que volvió a la actividad más tarde que el resto, el pasado octubre.

Han tenido suerte porque «si el Covid hubiese empezado antes… hubiésemos entrado en aguas pantanosas», explica Carlos Ibáñez, sexta generación de este negocio con 170 años, consciente del privilegio de que los días de mayor venta del año han podido estar al pie del cañón para cubrir muchos de sus gastos. Y ha ido mejor de lo que esperaban porque en esos días sólo han perdido un 10% respecto a otros años.

No sin dificultades van saliendo adelante. «No hemos tenido que despedir a nadie -tiene 10 empleados-, pero sí nos hemos rebajado el sueldo», señala el empresario. «Eso nos ha ayudado a mantenernos», añade. Eso y el impulso de una página web que aún andaba en mente antes de que llegase la pandemia. «Hemos tenido que contratar a gente para empaquetar», señala en este sentido.

La falta de extranjeros les está tocando también. «Otros años, con eso cubríamos gastos». «Estamos esperando que vuelvan».

Fuente: El Mundo