«¿Qué pasaría con el repertorio de tiendas que componen el paisaje comercial de las ciudades?»

Por Mercedes Cebrián

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971). Escribe poesía, ficción, ensayo y crónica. Colabora con la revista Letras Libres y con los suplementos El Viajero y Babelia de El País y Cultura/s de La Vanguardia. Su último libro es el poemario Muchacha de Castilla (La Bella Varsovia, 2019). Ha sido escritora residente en la Academia de España en Roma, en la Residencia de Estudiantes de Madrid y en el museo MALBA de Buenos Aires. Tiene un Máster en Estudios hispánicos por la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.). Durante 2018 fue la editora invitada del sello editorial Caballo de Troya (Penguin Random House).

Si en una tormenta de ideas nos pidieran enumerar los elementos que, a nuestro juicio, han vertebrado la cultura urbana en la contemporaneidad, mencionaríamos sin duda los cafés, los museos, los cines y las salas de teatro y de conciertos. Pero ¿qué pasaría con el repertorio de tiendas que componen el paisaje comercial de las ciudades? Ojalá también las mencionásemos, porque la papelería del barrio donde siguen vendiendo escuadras y cartabones, la mercería en la que te atienden señores que rozan la setentena, la tienda de discos de vinilo y el puesto de casquería del mercado municipal forman parte de la identidad de nuestras ciudades más de lo que a menudo pensamos. Hoy, cuando hacer clic se ha convertido en el gesto básico de nuestra cotidianidad como consumidores –eso somos en alguna medida, más nos vale reconocerlo–, me pregunto si frecuentamos lo suficiente el paisaje comercial de nuestras ciudades y si apreciamos el valor simbólico que irradia.

¿Empleo ya la palabra «distopía» o espero todavía unas cuantas líneas? El término es coherente con una de las misiones que me había autoimpuesto aquí: la de escribir una elegía tanto a la práctica de ir de tiendas como a la de hacer la compra a la antigua usanza, dirigiéndonos a los vendedores de tú a tú. «Exagerada»,me llamarán aquellos que vayan bisemanalmente al mercado de abastos de su barrio y le pidan morcillo, longanizas o cinta de lomo a su carnicero de confianza con naturalidad.

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