En sólo unos años, los consumidores deberán acostumbrarse a reciclar su ropa igual que hoy hacen con los envases de plástico. El cambio climático presiona, pero la legislación hace el cambio imperativo.

Dicen en Bruselas que textile is the new plastic. En sólo unos años, los consumidores deberán acostumbrarse a reciclar su ropa igual que hoy hacen con los envases de plástico, el cartón y las botellas de vidrio, y la industria de la moda tendrá que construir la infraestructura para darle a todos esos residuos una nueva vida. El cambio climático presiona, pero la legislación hace el cambio imperativo, con multas que según la gravedad pueden superar los dos millones de euros. Hace veinte años sólo había 72 normativas ambientales en el mundo, hoy son más de 1.500.

En el calendario de la industria de la moda, los deadlines se acumulan. 2023, 2025, 2030 ó 2050 son años marcados a fuego en el sector, porque es cuando vencen toda una batería de objetivos marcados por la legislación vigente y la que está por venir, que obligará al sector a reducir al mínimo su impacto ambiental. De la neutralidad climática a la huella hídrica o la descarbonización o, lo que es más complejo, la circularidad, el intenso pipeline de normativas fuerza una transformación sin precedentes en un sector que ha crecido intensivamente en los últimos años.

Sólo entre 2000 y 2015, el número de prendas de vestir vendidas se duplicó, hasta superar los 100.000 millones de unidades, según datos de Euromonitor, superando ampliamente el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. En el mismo periodo, el uso de las prendas ha caído de casi 200 usos por pieza hasta menos de 160 en 2015. Cada vez se produce y se compra más, pero se usa menos, justo lo contrario de lo que dictan los principios de la sostenibilidad: reusar, reparar, reciclar.

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