Opinión, por Javier Carrasco.

Entras en una papelería y el dueño te da el tema del artículo. ¡Alabado seas! En sólo un cuarto de hora me explica las razones de la crisis del pequeño comercio. La indiferencia de un Gobierno que se limita a cobrar impuestos, el empuje de las compras por Internet y la merma de poder adquisitivo de la clase media amenazan su subsistencia

Esa mañana de sábado me había cortado el pelo en Juan, mi peluquería desde hace diez años. Es el único sitio donde escucho Radiolé, excepción hecha de algún taxi. En la peluquería son devotos de Andrés Iniesta. En una pared hay dos fotos dedicadas por el exfutbolista, una vistiendo la camiseta del Barça y otra con la de la selección nacional. También está la imagen del gol a Holanda.

Después de despedirme de Juan y su hijo, deseándoles un feliz verano, me encamino a la papelería más antigua de la ciudad. Se abrió en la calle del Rosario de mi ciudad en 1943. Allí sigue, aunque ahora más pequeña por culpa de la caída de ventas.

La llevan dos hermanos, Manuel y Ángel. Cuando entro en la tienda, Manuel charla con una pareja de jubilados. Su hermano está de vacaciones. En la papelería puedes encontrar toda clase de artículos relacionados con la escritura. Uno de sus fuertes son las estilográficas. Las hay de distintas marcas y precios: en el escaparate observo ejemplares de marcas como Montblanc, Conklin, Cross y Pelikan. Una tienda anuncia el cierre por jubilación del dueño.

Yo no he sido muy de plumas. De hecho escribo estos artículos con un bic de 50 céntimos. Me regalaron una parker hace unos años y dejé de utilizarla en cuanto se me acabó la tinta. Era de color plateado y azul marino.

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