La mayor conciencia ambiental y la percepción de que lo próximo tiene más calidad impulsa un tipo de producción que carece de una certificación legal y de reglas que la identifique, como sí sucede con la etiqueta ecológica

Los alimentos de proximidad —o kilómetro 0— se cultivan cerca de donde se van a comer y se venden directamente a los consumidores o a través de un número mínimo de intermediarios, a ser posible uno solo, por lo que están más ligados al territorio y son más sostenibles. El público se fija cada vez más en esta variable ―el 74% prefiere productos locales antes que importados, según la consultora Kantar―, pero de un modo difuso, porque el sector carece de una certificación legal que identifique estos alimentos, como sí ocurre con los ecológicos —elaborados sin sustancias químicas y con bienestar animal—.

“Un gran invernadero de Almería puede tener certificación ecológica, pero exportar su producción a Europa, lo que tiene una huella hídrica brutal y mucho impacto en el cambio climático”, apunta Javier Guzmán, director de la ONG Justicia Alimentaria. En tiempos de preocupación climática, los expertos creen que la proximidad será la nueva tendencia. Cataluña ya regula este tipo de ventas, pero el Ministerio de Agricultura no tiene pensado hacerlo. Mientras, cada vez más restaurantes apuestan por estrechar la relación con los productores.

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