Si algo falla en un puerto de China, en Europa las tiendas se quedan vacías y las cuentas no salen. La globalización del negocio de la moda, que ha permitido al sector crecer a pasos agigantados en las últimas décadas, ha sido en los últimos doce meses una debilidad.

Pocas veces el efecto mariposa había sido tan tangible como en los últimos doce meses. Dice el proverbio chino que el leve aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo: en 2021, un solo contagio en China dejó sin pijamas las tiendas de Victoria’s Secret; un barco atascado en el Canal de Suez paralizó el comercio mundial, y el precio de un contenedor que sale del puerto de Ninbgó hizo que muchos regalos de cumpleaños se retrasaran, que algunos fueran más caros y que gigantes de la moda no cumplieran sus previsiones de beneficio.

La moda no podía estar más expuesta a una ruptura de la cadena de suministro. La globalización de la producción desde el fin del Acuerdo Multifibras y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) son la base sobre la que se ha sustentado el modelo actual del sector, a menudo cuestionado por su impacto medioambiental y social: producción en lejanía y a bajo coste, mucho volumen y una distribución en todo el planeta. Una camiseta recorre miles de kilómetros antes de llegar a un armario de Madrid: el diseño podría ser gallego; el algodón, indio; la tejeduría, china, y la confección, bengalí. Si una falla, las fichas caen en efecto dominó y la camiseta no llega.

Y eso fue lo que pasó en el último año. La paralización de las fábricas por las sucesivas olas de coronavirus, la escalada de precios de los contenedores, los cuellos de botella en los puertos y la subida de precios de las materias primas han constreñido la oferta justo cuando la demanda despegaba.

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