Los comercios reconocen que Instagram es ya su «primer» escaparate al mundo

Al entrar en El Baúl de Veva, Estefanía Ruiz está al teléfono cerrando el envío de una prenda a Madrid. ¿Es habitual? Ella reconoce que sí, pero no porque lo haya hecho a través de su web, lo que sale de su tienda de Frei Juan Navarrete es una de las cinco camisetas que ayer subió a Instagram y de la que solo queda una. La pandemia ha obligado a dar un salto digital sin precedentes en el pequeño comercio, y hay quien, como Estefanía, además ha dado un paso a un lado. «Dejé de vender por la web para centrarme solo en Instagram, para mí forma de trabajar es la mejor solución», explica Ruiz, que saca su libreta para enseñar todas las prendas que deja a sus clientas para que las prueben en casa. Ese fue el motivo por el que prescindió de la venta on line y dio prioridad a Instagram y al cara a cara. «Foto que subo, prenda que vendo», dice con rotundidad, mientras asegura que ella no paga seguidores. Tiene más de cinco mil, que le preguntan por las prendas que sube y con las que cierra operaciones casi a diario. «Envío algún pedido hasta a Chipiona», comenta.

Una de las tiendas que más seguidores tiene en la actualidad es Tolf, en la calle Manuel Quiroga. Olga Fraga está al frente de ella y coincide con sus colegas de profesión en que «es como tener un tercer escaparate, trabajar sin él creo que sería más difícil». En su caso, le ha abierto los ojos a seguidores y clientas que vienen de fuera de Pontevedra. «Subo prendas que van a venir, pero a veces ya no da tiempo a que puedan llegar ni a la tienda», apunta. La pandemia les ha dejado una nueva forma de trabajar que hasta la llegada del covid estaba latente. «Hace un mes que abrí la web, tenía que haberlo hecho antes pero con el cambio de tienda no me dio tiempo», explica Fraga, que tras el confinamiento emprendió una nueva aventura en un lugar más grande, pero en la misma calle. Arriesgó y le salió bien, aunque reconoce que «no estamos más tranquilos que hace un año».

Paula Vidal todavía está sorprendida por la repercusión que ha dejado una de sus publicaciones recientes. Dos modelos en tonos violetas dispararon los «me gusta» y con ellos, aumentaron los encargos en Nalatcha. «Hace cinco años que tengo la cuenta de Instagram, pero el movimiento del último mes no lo había visto nunca», apunta esta apasionada de la ropa de fiesta, que está encantada con que este aumento haya ocurrido en enero, «un mes de transición en el que aún no empezaron los eventos». En la puerta de al lado, Paloma Covelo, de Magdalena Salá, confirma la red social como un escaparate en el que le cuesta mostrar toda la parte de artesanía de su trabajo. «En cuanto a los tocados y las pamelas que hago son más complicados de mostrar, pero lo intentamos», explica esta diseñadora con cerca de nueve mil seguidores, que tiene en marcha la página web de una tienda que se ha convertido en una referencia en los complementos de fiesta.

No solo en la moda

La revolución de los likes no pone en el punto de mira solo a las tiendas de moda. Roberto Juncal, de Alimentaciones Juncal, reconoce que a ellos también le ha ayudado. Y no solo a acercar clientes a su casa, sino a ofrecer productos de una manera más compleja. «Vemos que triunfa más los que aparece elaborado, si presentamos un plato finalizado, es mejor eso que poner solo las legumbres», explica el responsable de una tienda de las de toda la vida que reconoce que «ahora se acerca gente que viene buscando lo que vio en Instagram».

Natalia Rosales invirtió el proceso habitual. Con más de 91.000 seguidores en su perfil Mother of crasas, decidió montar una tienda física. Se convirtió en un referente on line sobre el cuidado de cactus y ahora atiende a sus clientes en un pequeño local en Rosalía de Castro. Eso sí, aunque muchos se le acercan después de ver sus redes sociales, ella no hace envíos. «Son muy sensibles», apunta. Es la otra cara de una forma de trabajar que ha llevado a los pequeños comerciantes a intentar ser tan competitivos como los grandes.

Todos coinciden en que ha supuesto un enorme esfuerzo personal y económico para poder llegar a todo. «El efecto de Instagram lo notamos más que la web y los redirige a la tienda física. Aunque te hayan hablado de la tienda, antes de pasarse, lo primero es ir a buscar en Instagram. Antes incluso que hacerlo en Google», apunta Nanda Castro, de Aromara, tienda de cosmética, que advierte: «Fíjate si creo que funciona que me gasto mucho dinero en eso, que no pagaría si no hubiera feedback. Es el escaparate por excelencia».

Fuente: La Voz de Galicia