Negocios en peligro de extinción. Muchos pequeños comercios cierran cada año porque no resisten a la competencia de las grandes empresas de internet

Cada vez que un pequeño negocio echa el cierre, se acaba una historia que nació de la ilusión y que vivió del esfuerzo. La crisis económica de 2008 y la que provocó la pandemia, a partir de 2020, fueron dos tormentas perfectas que arrasaron con muchísimas tiendas y que dejaron, en las calles asturianas, un reguero de escaparates vacíos, frente a la abrumadora fortaleza de las grandes marcas. Esta debacle se constata en el informe de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos, en el que se puede ver que, en el Principado, en el año 2010, había 77.827 autónomos y, once años después (en diciembre de 2021), la cifra se había reducido en 5.494, quedando ya solo 72.333 en la brecha.

No son buenos tiempos para ellos, sobre todo, por el dominio de internet, pero ahí siguen, resistiendo como José Fermín Gordo, al frente de Videoclub 85, en Gijón, un baluarte de los cinéfilos, entre Netflix, HBO y tantos otros nombres más. «Este negocio pasó por muchas malas etapas», confiesa su dueño, sin ánimo de compadecerse. «La primera fue cuando empezaron las televisiones privadas, luego vino la piratería y las plataformas nos pusieron la puntilla», explica. Acostumbrado a los obstáculos, él asume que el futuro será «complicado porque la gente busca la comodidad del click», pero sabe que la exclusividad de su negocio no se puede encontrar en la red. «Nosotros tenemos títulos que solo existen en soporte físico y, en vez de pasarte una hora buscando qué ver según un algoritmo, podemos asesorarte», dice.

Está claro que, entre sus planes, no entra rendirse porque «mientras estemos, buscaremos alternativas. Nos hemos tenido que reinventar muchas veces y, por eso, aparte de las películas, vendemos ‘merchandasing’ y chucherías y hemos abierto una pequeña sala de cine en la que proyectamos dos pases a diario», explica.

Ya se sabe que hay dos opciones: renovarse o morir, y nadie quiere lo segundo. «Ahora vivimos de las fotos de carné y de personalizar bolsas, cojines, tazas y todo tipo de objetos», cuenta José Manuel Ruiz, propietario del establecimiento ovetense Foto Gorane. Desde que llegaron a nuestras vidas los móviles, se ha ido perdiendo esa buena costumbre de revelar las fotos, aunque son muchos los que sí lo siguen haciendo, pero a través de internet. «Imprimiéndolas ‘online’, das dinero a empresas que ni sabes de dónde son», se lamenta Ruiz. Una situación que va empeorando porque «antes, mucha gente tenía miedo a hacer pedidos por webs, pero ahora todo el mundo ha cogido confianza y van al mejor postor».

Parece que no nos damos cuenta de que «las empresas de Asturias crean empleo aquí y pagan sus impuestos aquí», como recuerda Mónica Blanco, de Viajes La Villa, en Avilés. Abrió su agencia en 2011, en plena era de internet, y rebate a quienes creen que su negocio está en peligro de extinción. «Siempre dicen que vamos a desaparecer por culpa de las webs, como si lo que hay en internet fueran ONGs y no agencias de viajes», señala. «Somos lo mismo, pero a ellos les falla la cercanía y, para eso, la pandemia nos ha venido muy bien porque mucha gente vivió situaciones críticas y no las quieren repetir», explica.

Para ella, estamos «ante una larga tarea de concienciación para hacer ver a la gente que somos competitivos», dice. «Es una leyenda urbana pensar que a las agencias de viajes vienen solo personas mayores, nuestro perfil de público es muy joven. Vienen muchas pandillas de veinte años y repiten. Quizá, por su edad, son más conscientes de los riesgos de internet», apunta. «Lo que está claro es que los que vamos a gastar dinero en Asturias somos los de Viajes La Villa y no los de Booking».

Una batalla parecida a la suya la enfrentan, desde hace tiempo, en la tienda de discos gijonesa Mundo Sonoro, un templo para los melómanos desde hace 44 años. «Llegamos a ser mil tiendas de discos en España y ahora no llegamos a cien», cuentan Nacho y Rosa, los responsables del establecimiento. «Nosotros vivimos muchos momentos malos, como la llegada de las grandes superficies y de la piratería», relatan. Pero hay quienes aman las melodías por encima de eso y hasta del intangible Spotify y las quieren conservar. «Ahora lo que más se venden son vinilos, pero también nos mantiene que tenemos mucho fondo de folk, de jazz y de música clásica, que son cosas muy difíciles de encontrar», explican.

Tan exclusivos son sus productos que «tenemos clientes que vienen de otras provincias», reconocen. «Tiendas de discos como esta, que estén cerca, las hay en Valladolid y en Bilbao», relatan.

La exclusividad es una ventaja y, con ella, también cuenta Daniel Mañana, al frente de Stefano Rossi, una tienda gijonesa de venta y alquiler de chaqués, que abrió hace veintisiete años. «El artículo que nosotros trabajamos es muy personal y eso hace que la gente quiera verlo, probarlo, cambiar ciertos detalles y hacer algunos arreglos», explica. Esa es una suerte que no corren, sin embargo, con la ropa más informal porque «ahí es más difícil competir con las grandes marcas, muchas veces no se pueden poner sus precios», indica. «En ese campo también es verdad que hay muchas tiendas y, sin embargo, para la ropa de etiqueta apenas quedan», añade.

Ellos, a lo largo de su dilatada andadura, también tuvieron que adaptarse y dar el salto a internet. «Hay que estar sí o sí, porque es donde primero te van a ir a buscar y es la manera de darnos a conocer que tenemos hoy en día», reconoce.

Su espíritu optimista hace confiar en que los pequeños comercios tienen y tendrán futuro, por mucho que nos rindamos a una vida cada vez más digital. La alegría de nuestras calles no nace del éxito de las grandes empresas de la red, pero sí de la ilusión de todos esos asturianos que, cada mañana, levantan la persiana de sus negocios. Son ellos quienes nos recuerdan que su trabajo es el que mantiene en pie esa Asturias en la que los que vivimos no somos máquinas.

Fuente: El Comercio