Tres libreros cuentan su experiencia y relatan los vaivenes vividos por el sector

Las geografía de una librería está conformada por montañas de libros, de estanterías repletas de volúmenes de distintas alturas y grosores que dibujan una orografía de ediciones que nutren un comercio otrora próspero y al que el progreso electrónico, los descendentes índices de lectura y la crisis de 2008 golpearon con saña económica. La pandemia y su confinamiento, cosas de lo impredecible, han devuelto en líneas generales cierto vigor a un sector que se está acostumbrando a sobrevivir montado en una montaña rusa de mejores y peores tiempos de venta.

Tres librerías experimentadas, con implantación en la provincia, nos ayudan a acercarnos a la cambiante realidad de esta literaria combinación entre el siempre idílico amor por las letras y la siempre lógica necesidad de que los beneficios permitan transitar por una vida más prosaica que lírica.

Más de 50 años de oficio encumbran a un librero de raza como Juan Manuel Fernández, de la librería Manuel de Falla de Cádiz, que analiza el camino recorrido por el sector con precisión milimétrica: “La crisis de 2008 fue brutal. Aunque las librerías resistimos un par de años a unos niveles altos, parecidos a 2007 que fue el año de más ventas, pensamos entonces que la gente se iba refugiar en la cultura. Pero fue una percepción que no se materializó con el paso del tiempo porque vinieron años horribles. Se cerraron 3.500 establecimientos con el epígrafe de venta al por menor en España, de los que 1.000 eran librerías. El resto eran papelerías-librerías que podían vender libros al por menor”.

Aquello supuso una progresiva “pérdida de músculo” que lastró el negocio hasta que llegó la primavera de 2020: “Venimos arrastrando esa crisis hasta que llega , curiosamente, la pandemia con su cierre forzoso. Y cuando volvimos a abrir, la demanda de libros en todas las librerías en general aumentó una barbaridad, tanto que en 2021 el gremio facturó un 20% más en su conjunto que en 2020. Es una cantidad grandísima en un sector que depende de un porcentaje de lectores que en España no es alto”.

“En el año del confinamiento, de mayo a diciembre, se recuperaron las ventas perdidas en los tres meses anteriores. Eso era imposible de pensar: cerramos 2020 con las mismas ventas que 2019. Y el año 2022 ratifica el alza y confirma un afianzamiento del sector con respecto a las ventas que se habían tenido anteriormente. Aunque veo muy difícil que volvamos a vender las cifras de 2007”, explica Juan Manuel Fernández.

En cuanto a la obligada selección de títulos que muestra en Manuel de Falla, un espacio pequeño, el librero es tajante y claro: “Que haya muchas novedades en el mercado para nosotros es mejor; ¿que tenemos un trabajo de selección?: pues sí. En Manuel de Falla, muchísima selección porque tiene unas dimensiones pequeñas y porque tenemos una línea de fondo característica, de cierta exigencia, dirigida a un cierto público. Eso me obliga a seleccionar, pero no me importa porque es parte esencial de la librería. Lo que la gente ve es lo que yo selecciono, y sé que se va satisfecha de lo que ha visto”.

La experiencia de Sonia Quintero, que en plena pandemia se hizo cargo de la clausurada Las Libreras para añadir en Cádiz su tercera librería con el nombre de María Zambrano (las otras dos están en Conil y Valdelagrana), define bien esa montaña rusa de las librerías. En sus tres comercios la percepción es que el año transcurre algo peor que el anterior: “Después de la pandemia fue la cosa bien, pero este año no va tan bien. Está flojita. De repente este año, desde febrero con la guerra, no termina de arrancar y estamos en julio ya. El año pasado, en la última semana de colegio empezó el verano a nivel de ventas, pero este año a día de hoy todavía no hemos terminado de arrancar”.

Con una venta mayor en mostrador que en su oferta online, esta joven pero también experimentada librera reconoce que en Cádiz ha recogido “muchos clientes” del anterior nombre y confirma que están apretando algo más el acelerador de las actividades, con talleres infantiles durante el invierno y un par de presentaciones de libros en la amplia planta baja.

Sonia Quintero, responsable de las tres librerías María Zambrano de la provincia.
Sonia Quintero, responsable de las tres librerías María Zambrano de la provincia. / JESÚS MARÍN

Sonia Quintero señala que para sus librerías realiza un proceso de selección de títulos ante la verdadera avalancha de libros que se publican, tanto por espacio como por otorgar a sus estanterías un estilo propio: “No podemos asumir todo, imposible. Tengo algunos proveedores a los que sí les dejo que me manden lo que quieran , porque son pequeñitos y puedo absorber lo que publican, pero de los grandes es imposible. Soy yo la que selecciono lo que quiero que haya o no en la librería, y hay libros que seguro que no voy a vender porque no tengo ese público”.

Desde el año 2000 lleva abierta en Puerto Real la librería Pérgamo, con Juan Ramón Díaz Romero al frente. También recuerda la crisis de finales de la primera década del nuevo siglo y admite alguna consecuencia positiva de la pandemia: “Para nosotros, el mayor problema no fue la pandemia, sino la gran crisis de 2008, donde las ventas bajaron una barbaridad. Pero cuando en la pandemia se permitieron los confinamientos perimetrales, eso benefició al pequeño comercio en general. La gente empezó a comprar cerca de su casa, primero obligado pero luego se dieron cuenta de lo que había. No han seguido comprando de una manera tan fuerte, ha habido un pequeño bajoncillo, pero seguimos estando por encima de las ventas de antes de la pandemia. Hemos recuperado la confianza de los clientes y se han acostumbrado un poco más a volver a comprar en los establecimientos de barrio”.

Díaz Romero saca pecho por ofrecer en Puerto Real un catálogo literario de enjundia, también con cierta especialización, y recuerda que durante un tiempo este tipo de librerías no existían en localidades con la misma población de Puerto Real, de las mismas características: “Una librería generalista pero con bastante fondo también, trabajando con muchas distribuidoras y editoriales. Creo que este negocio se puede sustentar gracias a la profesionalidad, a la experiencia y al conocimiento del artículo en sí, del libro. Para ser librero hay que quererlo ser, hay que tener voluntad”.

Para Juan Ramón Díaz es fundamental ir conociendo a los clientes y saber sus gustos. Y afirma rotundo: “No es lo mismo una librería que una tienda de libros, como es el comercio electrónico. No se puede demostrar profesionalidad, experiencia ni conocimiento; venden libros como podían vender cualquier otra cosa”.

En su búsqueda de públicos, en su proceso de selección, desde Pérgamo se ha optado por especializarse, como elemento diferenciador, en géneros como fantasía, terror y, de unos años a acá, también el cómic. “Y otro mundo es el manga. Ahí todos nos perdemos, hay tantísimos que tenemos que estar muy metidos y buscando siempre… Aquí hay interacción con el cliente, que son ya amigos que nos ayudan a encontrar títulos y conocer mejor el producto. Los dos salimos beneficiados”, concluye Díaz.

Fuente: Diario de Cádiz