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‘Urbanalización’ o por qué todos los centros de ciudad parecen el mismo sitio

Un Primark, un McDonald’s o un Starbucks. El secuestro de las plantas bajas de los núcleos urbanos por parte de cadenas comerciales globales ha modificado la imagen de los cascos antiguos de las ciudades, que originalmente expresaban la identidad local, haciendo que se asemejen peligrosamente entre sí

La urbanalización es el fenómeno que explica por qué hoy en día los centros de las principales ciudades europeas se están mimetizando. Los cascos antiguos de las ciudades, originalmente los lugares más expresivos de una identidad local, son los espacios alrededor de los cuales se han construido las condiciones óptimas de centralidad y conectividad, tanto de transportes como de redes económicas internacionales. Este último punto, sin embargo, se ha convertido desde hace ya varios años en un agente globalizador que destruye desde dentro la supuesta autenticidad de estas ciudades.‘Gastrificación’ o por qué acabamos comiendo exactamente lo mismo en cualquier restaurante

El secuestro de las plantas bajas de los núcleos urbanos por parte de cadenas comerciales de escala mundial ha modificado la imagen de las ciudades, asemejándolas peligrosamente entre sí. Ya sea paseando por la Gran Vía de Madrid, por Portal del Àngel en Barcelona, la Via del Corso de Roma, la Rua Augusta de Lisboa, los Campos Elíseos de París o por Oxford Street en Londres, un rápido vistazo revela cómo un mismo conjunto de marcas ocupa los locales de los bajos de sus edificios, cuando no lo hace en la totalidad de sus plantas. Estas marcas, ajenas a las singularidades culturales de la arquitectura o del espacio público autóctono, imponen su propio universo interior con estéticas e identidades seriadas, obviando y desvirtuando el paisaje histórico urbano.

El término urbanalización ha sido acuñado por el geógrafo Francesc Muñoz, que publicó el libro Urbanalización. Paisajes comunes, lugares globales (Editorial GG) en 2008. Muñoz analiza la serie de procesos de urbanización que han dado lugar a una réplica paisajística de las ciudades a raíz de la globalización y de la banalidad intrínseca que esta conlleva. Si bien las ciudades se han desarrollado como elementos diferenciados de un territorio, donde su propia historia y habitantes han ido definiendo un palimpsesto único e identificable, en la actualidad, una suerte de dinámicas económicas y sociales hacen que tiendan hacia paisajes clónicos.

El espacio público se ha transformado en un escenario para el consumo y el ocio, adaptándose a formas estandarizadas que pretenden satisfacer las demandas del turismo global. Este fenómeno conduce a una urbanización banal, consistente en la repetición y la uniformidad, que puede replicarse en diferentes lugares, vampirizando sus atributos y convirtiéndolos en entornos urbanos genéricos.

El secuestro de las plantas bajas de los núcleos urbanos por parte de cadenas comerciales de escala mundial ha modificado la imagen de las ciudades, asemejándolas peligrosamente entre sí

El espacio público de las grandes ciudades y sus áreas metropolitanas se ha homogeneizado, en gran parte, debido a las lógicas que imponen la economía liberal y el mercado capitalista. Los locales ubicados en los centros históricos o en las calles con más afluencia de ciudadanos y visitantes son los que cuentan con los alquileres más caros. Sus precios están fuera del alcance de los pequeños comerciantes y de las marcas emergentes y, en consecuencia, quedan restringidos a las franquicias internacionales con facturaciones millonarias.

Para comprender la magnitud de esta especie de conquista globalizadora, el doctor en antropología social José Mansilla, antropólogo especializado en conflictos urbanos en espacios turísticos, cita en conversación con elDiario.es una frase del urbanista marxista David Harvey: “Harvey cuenta cómo el capitalismo, que a priori nos prometía la capacidad de elección y de diversidad constante, al final acaba condenándonos a la unificación y la homogeneidad”, señala Mansilla.

Portal de l’Àngel (Barcelona). Getty Images

En resumidas cuentas: el paisaje comercial de las grandes ciudades es el mismo porque el mercado que opera en su infraestructura es también el mismo. De ahí que se dé la paradoja que expone Harvey. La ciudad se desvincula de su tradición y cultura, se deslocaliza y desarraiga, aniquilando los rasgos distintivos que la podría hace particular. Este proceso hacia la artificialidad, cuando se estudia desde la influencia del turismo, se conoce a menudo como disneyficación. Los centros de las ciudades se trasforman en espacios tematizados donde cualquier turista puede identificar rápidamente ciertas convenciones y características comunes respecto a los otros sitios donde ha estado. Las ciudades pierden su carácter en detrimento de la alienación global.

El espacio público se ha transformado en un escenario para el consumo y el ocio, adaptándose a formas estandarizadas que pretenden satisfacer las demandas del turismo global. Esto lleva a una urbanización banal, basada en la repetición y la uniformidad

“Ciudadanos de un lugar llamado mundo”

“Cuando un turista viaja a otra ciudad y se encuentra con aquello que ya conoce o que ya esperaba encontrar, se produce una especie de ‘profecía autocumplida’. Dentro de un paisaje global, un visitante se siente seguro y halla el exotismo en pequeñas variaciones sobre el modelo que ya conoce. Un claro ejemplo son los McDonald’s, que tienen en cualquier lugar del mundo el mismo menú pero que introducen elementos de la cocina local para darles un toque más peculiar de cara a los consumidores extranjeros”, apunta Mansilla.

Para profundizar en este comportamiento resulta interesante analizar también la figura del expat o nómada digital, máxima expresión de la gentrificación. El expat es el habitante por antonomasia de la ciudad urbanalizada o, como cantaban Facto Delafé y las Flores Azules, se trata del perfecto “ciudadano de un lugar llamado mundo”.

“El expat directamente no quiere disfrutar de ningún tipo de exotismo. Quiere reproducir su vida prototípica de clase media en contextos diferentes que son, lo que llamamos en antropología, ‘espacios intersticiales’. Cuando los expats se instalan en otra ciudad se dan las siguientes circunstancias: no es su casa, no son sus leyes, las empresas para las que trabajan tienen su sede en el extranjero, no pagan impuestos aquí, tampoco están en su sitio definitivo, no comparten los mismos mecanismos sociales ni tienen la intención de adherirse a ellos…”, explica Mansilla.

Calle Larios (Málaga). Getty Images

Este tipo de expats, con movilidad cíclica, rechazo a asentarse e integrarse en la sociedad autóctona y con hábitos de consumo de carácter global, también reciben el apelativo de transumers. Este término se refiere a los hábitos de los consumidores que están en tránsito, originalmente en los conocidos como lugares genéricos o como no-lugares: areopuertos, hoteles, estaciones intermodales, gasolineras… Este tránsito, no obstante, se ha trasladado también al centro de las ciudades, arrastrando consigo el mismo tipo de consumo que acoge por ejemplo el duty free de un aeropuerto.

Sobre esta similitud entre los centros de las ciudades y los aeropuertos encontramos resonancias muy significativas en el ensayo del arquitecto holandés Rem Koolhaas titulado La ciudad genérica (Editorial GG, 2006), que inicia de la siguiente manera: “¿Es la ciudad contemporánea como un aeropuerto contemporáneo ‘todo lo mismo’? ¿Es posible teorizar sobre esta convergencia? Y si es posible, ¿a qué configuración última aspira? La convergencia sólo es posible al precio de despojarse de la identidad”.

David Harvey cuenta cómo el capitalismo, que a priori nos prometía la capacidad de elección y de diversidad constante, al final acaba condenándonos a la unificación y la homogeneidad

José Mansilla — antropólogo

La ciudad genérica

Koolhaas aboga irónicamente por la destrucción de la ciudad histórica en pro de un nuevo espacio genérico desmemoriado y por lo tanto libre. Define el centro de las ciudades como un lugar más importante y a la vez lleno de contradicciones: “El más fijo y el más dinámico; el más antiguo y el más nuevo”. Existe cierta obsesión concéntrica en las ciudades históricas que hace que su núcleo sea el corazón que alberga todo el valor y el sentido, la fuente de todo significado y el lugar simbólico del poder.

Mientras que, a finales del siglo pasado, se especuló con la posibilidad de copiar el modelo americano que consistía en desplazar el comercio a la periferia de las ciudades en grandes centros comerciales, hoy en día está más que comprobado que la estrategia más rentable para las franquicias se inspira en el caballo de Troya. Las marcas se introducen en los cascos históricos y asaltan todos los locales disponibles, independientemente de sus cualidades arquitectónicas, con el objetivo de dominar el territorio donde se cuece la actividad social y turística de mayor intensidad.

Sobre la relación más física y tectónica que tienen estos comercios con la ciudad, Eulàlia Gómez, doctora en urbanismo y autora de la tesis Comerç, ciutat, paisatges arran de terra (Comercio, ciudad, paisajes a ras de suelo, UPC, 2015), nos aporta algunos matices relevantes. “A partir de lo que ocurre a ras del suelo, en las plantas bajas, se puede explicar y comprender cualquier ciudad del mundo. La actividad de las personas tiene como escenario principal la llegada de la arquitectura con la calle, donde los límites entre lo público, privado y colectivo se desdibujan y mezclan de muchas formas diversas”, explica Gómez.

Oxford Street (Londres).
Retail design: la ciudad desaparece cuando entras a una tienda

Salvo los arquitectos –que compartimos varias taras–, la mayoría de la gente, cuando deambula por la calle, centra su atención en lo que ocurre a la altura de sus ojos. De ese modo, su experiencia urbana se limita a lo que ocurre exclusivamente en ese arranque del plano vertical de los edificios respecto al suelo. Cuando entramos a un comercio, rara vez nos damos cuenta de qué tipo de edificio es el que lo alberga. A una cadena de ropa, por poner un ejemplo, le resulta indiferente instalarse en un palacio modernista o en un edificio industrial semirruinoso. Actualmente el retail design (arquitectura de espacios interiores en los que se venden productos o servicios) tiene la capacidad de implantar un diseño donde absolutamente todo está predefinido en cualquier local al margen de las preexistencias que presente.

Cuando un turista va a otra ciudad y se encuentra con aquello que ya conoce o que esperaba encontrar, se produce una especie de ‘profecía autocumplida’. Dentro del paisaje global, este se siente seguro y halla el exotismo en las pequeñas variaciones

José Mansilla — antropólogo

“En origen el parcelario, la forma urbana que define las ciudades, tenía mucho poder. Los primeros grandes almacenes surgieron a raíz de la agregación de espacios interiores. Un negocio compraba un local en planta baja y a medida que crecía, se expandía en las plantas superiores hasta que saltaba al edificio vecino y así sucesivamente. Al final, podía ocupar toda la parcela, comprarla y derribarla para construir posteriormente un único edificio. En la actualidad, este no es el objetivo de las grandes marcas. Alquilan varios locales diseminados por el centro y dividen sus productos según les convenga, u ocupan un edificio entero ya existente”, expone la urbanista Eulàlia Gómez.

El retail de las grandes franquicias ha desarrollado estrategias que le permite ubicar sus tiendas en edificios patrimoniales de manera respetuosa, al tiempo que crea una atmósfera interior aislada. A través del diseño de los espacios, estas franquicias promueven experiencias específicas para los consumidores utilizando técnicas de desorientación y manipulación: implementan cortinas climáticas, diseñan recorridos internos con escaleras y rampas que no siguen la estructura original del edificio, permiten la visibilidad del exterior hacia el interior pero no al revés, emplean paneles luminosos, música y perfumes, entre otros elementos. En el umbral de acceso a la tienda, logran que la ciudad desaparezca.

Gran Vía (Madrid). Getty Images

A pesar de este diagnóstico sobre el futuro de las urbes que puede parecer pesimista, el comercio sigue siendo un elemento esencial y uno de los principales actores que, utilizando un lenguaje común entre urbanistas, “hacen ciudad”. Donde hay actividad comercial, surge la densidad, complejidad, compacidad y promiscuidad característica de la ciudad contemporánea. Tanto Mansilla como Gómez coinciden en que el centro de las ciudades sigue siendo el eje gravitacional alrededor del cual orbita la sociedad actual.

A partir de lo que ocurre a ras del suelo, en las plantas bajas, se puede explicar y comprender cualquier ciudad del mundo (…) En estas es donde los límites entre lo público, privado y colectivo se desdibujan y mezclan de muchas formas diversas

Eulàlia Gómez — doctora en urbanismo

“Existe un contramovimiento de vuelta al centro. Desmintiendo los augurios de la pandemia que pronosticaban, de forma interesada por algunas élites económicas, por cierto, que la gente se mudaría a las periferias, vuelve a haber una lucha por situarse alrededor del lugar donde pasan las cosas. Las marcas lo saben, y hacen lo mismo”, dice Mansilla.

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Por su parte, Gómez añade que la forma urbana es la que realmente impone el tipo de comercio que acabamos encontrando en los centros: “El comercio quiere estar en el centro, pero allí no puede disponer de edificios grandes y se acaba adaptando a la dimensión que le ofrece la ciudad, que, por otro lado, le puede resultar incluso más beneficiosa. Una franquicia dividida en satélites por el casco antiguo cuenta con una relación con el espacio público más vibrante, con más ventanas y puertas, distintas tipologías de locales y, sobre todo, más visibilidad. De ahí que cuando visitamos ciudades importantes nos dé la sensación de que está plagada de los mismos comercios. El urbanismo tiene el deber y las herramientas para regular los usos de los edificios y sus locales. No puede influir en el precio de los alquileres, el valor del suelo o la especulación, pero sí que puede dar respuesta a una repartición equitativa de los usos según factores como la proximidad y la densidad”.

La supervivencia de la ciudad histórica pasa por mantener su heterogeneidad y sus contrastes de una forma equilibrada y permanente en todo su territorio, basándose en el principio de mixticidad, tanto de usos como de población. La ciudad es aquel lugar que, por una cuestión de masa crítica y de concentración, puede sorprendernos en cualquier momento, hacernos dudar, cambiar de opinión y sacarnos de nuestra zona de confort. En la ciudad ideal, el conflicto y la confrontación deben ser continuos.  

Fuente: El Diario

AGECU - Asociación Española para la Gerencia de Centros Urbanos