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De la modista china al frutero marroquí: los inmigrantes sostienen el comercio de barrio

La población extranjera articula la vida comercial y local en las ciudades donde cada vez resisten menos negocios de proximidad

«En esta calle hay un chino, un bangladesh… otro más allá arriba…», recuenta Ismael, propietario de una frutería en la calle de Alcalá a la altura del barrio madrileño de Canillejas. Ismael llegó a España desde Marruecos hace más de 30 años, por lo que se considera «más español que un español». Con 18 años, comenzó trabajando como camarero en una discoteca. Después, en un restaurante. Después, como empleado en una frutería hasta que el propietario se jubiló y dejó el negocio en sus manos. Ahora, su tienda es uno de los pocos comercios de proximidad que resisten en la ciudad, asfixiados por las grandes cadenas de supermercados: «Ser buena persona, de confianza y agradable es la clave para que todo el mundo te quiera. Encima, buena fruta y precios justos», reflexiona al otro lado del mostrador. Treinta años después de llegar a España, Ismael ahora está casado con una mujer marroquí y tiene tres hijos: la mayor, enfermera en el Hospital de la Paz; el segundo estudia Empresariales, y los dos pequeños, aún en el instituto.

Panaderías, carnicerías, peluquerías, bazares… La frutería de Ismael es solo un ejemplo de cómo las personas inmigrantes sostienen los pequeños comercios de barrio en unas ciudades donde cada vez resisten menos negocios de proximidad. Según datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, de los poco más de 3 millones de autónomos que hay en España, 417.000 son extranjeros. La mayoría de ellos, un 22%, ha abierto negocios en la hostelería. El resto se reparte entre actividades de servicios, administrativas o inmobiliarias.

Una tendencia que se explica, según publica la socióloga Sonia Parella en un estudio sobre negocios étnicos, como una salida ante las dificultades que muchos encuentran para que les reconozcan sus estudios. Para las mujeres, además, emprender es una alternativa al trabajo en el servicio doméstico al que muchas están relegadas.

Qiman, por ejemplo, llegó desde China en el año 2000. En su pueblo, junto a su hermana, había estudiado para ser costurera. A Madrid venía buscando trabajar y reunirse con su marido, que ya vivía en España. Años después, sin embargo, se dio cuenta de que aquella relación no podía funcionar: «Él se pasaba el día en el bar, jugando a las máquinas tragaperras», se queja entre risas. Qiman se divorció, y hoy es «una mujer libre» que ha abierto su propio taller de costura en el barrio madrileño de Arganzuela: «Las clientas están muy contentas, son muy majas, muy buenas», cuenta agradecida.

Fuente: cadenaser

AGECU - Asociación Española para la Gerencia de Centros Urbanos